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Cultura

‘1976’: un poderoso ‘thriller’ intimista con el terror de Pinochet de fondo

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Como Emily, otro de los estrenos de la semana, 1976 también es la ópera prima de una actriz, en este caso, la chilena Manuela Martelli. Inspirada en su propia abuela, 1976 es un debut prometedor —la película estuvo seleccionada en La Quincena de Realizadores de Cannes y es candidata al Goya a mejor película iberoamericana— sobre una mujer que no acaba de encajar en su entorno. Así, desde lo íntimo y doméstico, Martelli construye un thriller que expone los horrores de la dictadura de Augusto Pinochet. El título, 1976, resulta tan parco y a la vez elocuente como su personaje principal, una silenciosa ama de casa burguesa en la piel de una soberbia Aline Küppenheim que, tres años después de la muerte de Allende y el mismo año en que estalla otro golpe militar, el de Argentina, empieza a incubar un agónico sentimiento de rebeldía.

Martelli se centra en su personaje principal para desfilar por la sórdida sociedad que avaló la dictadura neoliberal de Pinochet y también por los márgenes de la resistencia clandestina. A través de una acomodada familia de Santiago que está arreglando su segunda vivienda cerca del mar, ese núcleo y sus satélites (amigos, la empleada del hogar, la cuadrilla de obreros…) funcionan como metáforas de un régimen que impuso con sangre su modelo. La película conduce al espectador al próspero salón de los triunfadores del golpe, un siniestro confort en el que Martelli sitúa a su callada e incómoda heroína: una mujer elegante y madura, enormemente atractiva y reservada, que contra todo pronóstico decide aventurarse y ayudar a un joven militante perseguido por la policía.

A través de detalles nimios de la vida cotidiana, con pocos diálogos y una atmósfera opresiva, 1976 retrata un país patriarcal y paternalista que trata a sus mujeres como tontas y locas. Eso es, a ojos de los suyos, esta mujer burguesa de la que sabemos muy poco, tan solo que sufrió una fuerte crisis en el pasado, y que ahora emplea su tiempo y buen gusto en elegir el color de las paredes, en colaborar con la Cruz Roja y en cuidar a sus nietos.

Sutil y elegante como su protagonista, 1976 encierra momentos tan poderosos y violentos como la secuencia del barco, que lleva al vómito a una mujer acostumbrada al silencio, quizá su único refugio. Una mujer de perlas y misa que, a través de los cuidados a un joven desconocido, toma conciencia del régimen de terror en el que vive.

1976

Dirección: Manuela Martelli.

Intérpretes: Aline Küppenheim, Nicolás Sepúlveda, Hugo Medina, Alejandro Goic.

Género: thriller. Chile, 2022.

Duración: 95 minutos. 

Plataforma: Filmin.

Estreno: 13 de enero.

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Cultura

Alia Trabucco Zerán, escritora: “La dictadura chilena provocó una herida en mi imaginación”

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A media mañana de un lunes de verano, Alia Trabucco Zerán (Santiago de Chile, 1983) debería haber estado en una oficina cualquiera del Poder Judicial como abogada de un caso de derechos humanos, probablemente. Investigando, litigando, preparando escritos. Pero la chilena decidió hace algunos años doblar su destino al terminar la Facultad de Derecho y enviar al demonio “el lenguaje de la ley”, como lo llama, que califica de “áspero, jerárquico y, sobre todo, blindado”. Primero arrancó como una búsqueda lateral y luego el camino se hizo evidente. “Empezó a angustiarme el contraste: la felicidad cuando me sentaba a escribir ficción, la infelicidad cuando era una querella; la angustia cuando iba a tribunales, la alegría del taller”.

La literatura fue su antídoto. Lo cuenta en una cafetería que no tiene nada que ver con los juzgados chilenos: amplia, luminosa y colorida. Es la zona donde Trabucco vive, en el municipio de Ñuñoa, en Santiago de Chile, uno de los lugares de la capital donde todavía se respira la vida de barrio, aunque los edificios modernos ocupan hoy el lugar de las casonas de mediados del siglo XX. Pequeño comercio, niños en la plaza aprovechando las vacaciones, gente en bicicleta, restaurantes discretos, vecinos de toda la vida. Poco antes, al entrar en Filomena —así se llama la cafetería donde nos ha convocado—, a Trabucco se la ve sonriendo y con una caminata rápida, aunque llega muy puntual. Abraza cálidamente para saludar, pedirá apenas una botella de agua con gas y lo que vendrá será una charla amable y grata, que contrasta con su respuesta cuando se le pregunta por lo mejor que se ha dicho de Limpia, que se publica en España el 26 de enero. “Que es una novela incómoda. Para mí eso es un gran elogio”, dice una de las voces más contundentes de la literatura chilena actual.

“A veces me pasa que siento mayor cercanía con la generación anterior, la que nació en los setenta”

Autora de la novela La resta y del ensayo Las homicidas, por el que ganó en 2022 el British Academy Book Prize por el entendimiento entre culturas, en Limpia aborda “incómodamente” la vida de una asistenta y los siete años que pasa trabajando para una familia de clase alta de Santiago de Chile. Una pareja de cuarenta y tantos años inundada de trabajo, ciertamente infeliz, cuya hija pequeña morirá, como se anuncia en las primeras líneas del libro. Deliciosamente angustiante, adictiva, la novela retrata mundos cotidianos que pueden llegar a volverse una tormenta para los débiles. “El contraste de clase que se retrata en la novela no es exclusivo de Chile, pero sin duda está muy presente aquí. Hace décadas circulan estudios que indican que mi país tiene una de las peores distribuciones de riqueza de la región. Y eso genera abismos. La historia de Limpia, de algún modo, narra ese abismo desde una mirada particular, la de la protagonista, Estela”. La narración de la trabajadora interpela constantemente. “A diferencia de otras voces literarias de personajes populares, su voz genera un tropiezo en el lector. ¿Puede una trabajadora de casa particular usar esas palabras o es acaso inverosímil? ¿Y quién determina qué palabras son apropiadas o inapropiadas? Esas preguntas, más reflexivas, están de algún modo en la novela”, dice Trabucco sobre un libro que tardó cuatro años en escribir y que, como en el resto de su obra, existe una mirada profundamente política (y no solo porque en las páginas finales aparezcan imágenes del estallido social de 2019 chileno, un hito que ha marcado definitivamente a Chile y su devenir).

Trabucco no cree en las categorías de gente nacida en la misma época (“a veces me pasa que siento mayor cercanía biográfica con la generación anterior, los nacidos en los setenta”), pero forma parte de los nacidos en los primeros años de la década de los ochenta, en la dictadura de Pinochet. Gente que alcanza a guardar recuerdos de esa época oscura y conserva marcas que no se disolverán con el paso del tiempo. Trata de escabullirse cuando se la consulta sobre episodios de su vida que ayuden a comprender su obra, porque piensa que es “la suma de gestos y de palabras lo que de maneras inesperadas termina incidiendo”. Hasta que, finalmente, responde: “Nacer en dictadura y ser hija de padres que sufrieron sus consecuencias —mi papá en su propio cuerpo, al haber estado preso y torturado — me dejó una herida o tal vez le infligió una herida a mi imaginación. Y esa herida quedó, como una amenaza de que en cualquier momento hay un abismo, una caída, un frío, y de ahí creo que proviene una inquietud que me lleva hacia ciertos materiales en la escritura”.

La escritora Alia Trabucco, en su casa de Santiago.
La escritora Alia Trabucco, en su casa de Santiago. CRISTÓBAL VENEGAS

Es hija de una conocida pareja chilena de intelectuales de izquierda: Sergio Trabucco, cineasta, y Faride Zerán, periodista. La suya fue una infancia confusa —como suele ser la infancia, reflexiona —, “pero con el añadido de ser consciente, muy precozmente, de la existencia de una violencia avasalladora que estaba ahí, latente. Es algo que te marca, cómo no, en un tiempo donde supuestamente prima la inocencia”, recuerda sobre el régimen. Era la época en que las fantasías infantiles la llevaban a convertirse de adulta en una abogada especialista en derechos humanos, para llevar a Pinochet al banquillo, pero donde el refugio estaba en las letras. La autora dice que tuvo “la fortuna” de que los libros formaran parte de su vida desde la niñez y que, luego, la escritura se asomara como un juego, “como algo parecido a dibujar”. “Una letra junto a otra, probar colores, armar una palabra, poco más que eso”. Diarios de vida secretos que alguna vez fueron descubiertos por una prima suya que se burla y que la hacen entender que la escritura forma parte fundamental de su vida a los 10 años. Luego, de adulta, ha vuelto a los diarios cuando se siente “francamente perdida o confundida o abrumada”.

Esta conversación, confiesa Trabucco, le ha hecho pensar sobre la vida privada y la obra. No le gustan las redes sociales ni le gusta la exhibición, porque prefiere resguardar su privacidad. Se considera reservada, incluso algo tímida en ciertos espacios. Pero, sobre todo, prefiere hablar a través de sus obras, “para que los libros sean leídos como tales y que la autora no tenga que estar empujándolos ni explicándolos locamente”. En el fondo, una preocupación vital en una carrera literaria exitosa, que recién comienza: “No quiero perder libertad en mi escritura ni que nada la condicione”, dice la autora.

“Nunca me siento con una intención pedagógica a escribir. La ficción trabaja en grietas, en zonas grises”

Reconoce la influencia de su compatriota Lina Meruane, su amiga y profesora en el máster de Escritura Creativa de la Universidad de Nueva York, que la apoyó mientras escribía su primera novela. “Su prosa tiene un ritmo increíble, es muy lúcida e inesperada”, dice sobre la autora de Sangre en el ojo. Nombra a los chilenos Carlos Droguett, Manuel Rojas, Diamela Eltit, y autoras teóricas como Julieta Kirkwood y Nelly Richard. A Herta Müller (“me gusta por el desafío y porque el trabajo que da la lectura deriva en un placer enorme: una frase maravillosa o una idea honda, a veces más filosófica o lírica, que deja su huella”), a Maggie Nelson (“me gusta esa libertad de escribir lo que le da la gana y me siento bastante identificada con eso”) y a Kafka, Faulkner y Woolf, a los que vuelve siempre. Dice que aprende de otras escritoras latinoamericanas: “Sara Gallardo ha sido un hallazgo y sigo a contemporáneas magníficas como Cristina Rivera Garza y Fernanda Melchor con gran admiración”.

Luego de la Facultad de Derecho y de “alimentar el espíritu con serrín, como dijo Kafka”, comenzó a trabajar como abogada en derechos humanos, a llevar casos de violencia política en otros países y en Chile, pero emocionalmente no lo soportó. “Me causaba un dolor enorme, una indignación que me nublaba. No era la persona apropiada. Así que ya en ese momento me refugié en la lectura. Leía frenéticamente, dormía poco; cada libro era un descubrimiento y me alejaba más de ese dolor del mundo del derecho”. En esa etapa de joven abogada trabajó por la diversidad sexual y el feminismo, mientras participaba en talleres literarios con escritoras como la chilena Alejandra Costamagna, con la que hizo un curso de cuentos.

El feminismo explica, en parte, el pensamiento crítico que está presente en la mirada de Trabucco. En su libro de no ficción Las homicidas, donde trata casos simbólicos de mujeres asesinas, “la pregunta por las leyes del género es central, aunque en el caso de la ficción las cosas son más oblicuas”. En su primera novela, La resta, “no hay un solo personaje heterosexual y las formas de comunidad se urden por fuera del orden familiar y de la sangre”. Este aspecto, dice la escritora, “que ha sido borrado en muchas de las lecturas que se hicieron en Chile, permite trazar subjetividades menos exploradas en torno al deseo y lo queer”. “¿Hay ahí feminismo?”, se pregunta ella misma. “No sé y no me preocupa”, responde. “Es algo que otros podrán o no observar después, pero yo nunca me siento con una intención pedagógica a escribir ni es algo que me oriente porque la ficción trabaja en grietas, en zonas grises”.

Detalle de la librería en la casa de la escritora Feminista Alia Trabucco, de nacionalidad Chilena. Fotografía: CRISTÓBAL VENEGAS
Detalle de la librería en la casa de la escritora Feminista Alia Trabucco, de nacionalidad Chilena. Fotografía: CRISTÓBAL VENEGASCRISTÓBAL VENEGAS

En su obra existe libertad y experimentación. Cuenta que hace unos días hablaba con un amigo sobre Herta Müller y Thomas Bernhard y coincidían en que son autores cuyos libros siempre tienen un mismo ritmo, una respiración similar. Pero ella no es así, describe: “Los tres libros que he publicado son formalmente muy distintos entre sí, temáticamente diferentes, tienen ritmos o melodías distintas, campos afectivos que no se asemejan. Así que para mí cada libro es una unidad donde explorar voces, formas, estructuras, ideas, ficción o no ficción, lo más lírico o lo más prosaico. La idea de obra me es un poco ajena”. La chilena ejemplifica con una casa, donde ella está dentro —clavando clavos, pintando paredes, reparando grietas y luego embelleciendo un espacio—, pero que no alcanza a ver del todo porque no la conoce bien y la explora un poco a tientas.

Su posgrado en escritura creativa en Nueva York fue para Trabucco “una experiencia maravillosa”. Luego hizo un doctorado en Estudios Latinoamericanos en la University College de Londres, en una estrategia para seguir abriéndose espacios para la escritura y el pensamiento. “Porque, para mí, la escritura es también un espacio clave de pensamiento, de reflexión, un lugar desde donde mirar el mundo y sentirme menos perdida”. Fue una etapa más solitaria y años de formación intelectual muy relevantes.

Para la escritora, su país se encuentra inmerso en “una mala versión de ‘Regreso al futuro”

En 2020 dejó Inglaterra y regresó a Santiago de Chile, la ciudad donde nació y donde viven sus padres, su hermano, sus “amadas” amigas y amigos. “Es mi escenario, es donde todo me interpela, donde me indigno y me río más. Nunca he sido nostálgica, pero los últimos años en el extranjero me costaron. Quería volver, necesitaba volver”, comenta la escritora de 39 años sobre el regreso a su país, que experimenta transformaciones profundas. “Hay un Chile inquieto y descontento, chúcaro como decimos por acá [rebelde], porfiado, tremendamente creativo, explosivo, gracioso y muy bello. Se ha manifestado una y otra vez, en series de protestas desde 2011, y apareció en toda su complejidad desde 2018 con el mayo feminista y 2019 con la revuelta”, dice la autora. Pero observa en paralelo otro tipo de país: “Un Chile temeroso, autoritario, conservador, racista y clasista. Y ahora mismo, empezando 2023, esa versión nos tiene de vuelta en un momento de restauración conservadora que está abriendo un camino bastante poco democrático, muy similar al de inicios de los noventa”. Se imagina a su país en medio de “una mala versión de Regreso al futuro”, atrapado en un retorno al pasado y “sin saber cómo regresar al futuro que parecía abrirse y que se esfumó tras la derrota del plebiscito del 4 de septiembre”, donde un 62% de los ciudadanos rechazó la propuesta de nueva Constitución.

Es el mundo de Trabucco, cuya escritura, cuenta, surge de una mezcla de observación, imaginación, intuición y pensamiento, pero que al mismo tiempo se deja llevar por la libertad del oficio, “en el poner una palabra junto a otra, en lo melódico y lo estético, donde pasan cosas inesperadas e inexplicables y una chispa o un desvío que cambia el rumbo de un libro”. “Ya lo dicen otros y yo me pliego: si supiera lo que va a pasar al empezar a escribir, no escribiría una sola línea”, concluye la autora.

Limpia

Alia Trabucco Zerán.
Lumen, 2023
232 páginas. 18,90 euros
Se publica el 26 de enero

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Retratos del amor en un manicomio: medicina para la locura

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Posaron para la fotógrafa sonrientes, algunos juntaban sus cabezas, otros se cogían de la mano o por la cintura, el brazo por el hombro… Sin embargo, en sus rostros, en sus ojos, se advertían las huellas de la enfermedad, de los tratamientos con fármacos, de los electrochoques… A comienzos de los años noventa del siglo pasado las chilenas Paz Errázuriz, fotógrafa, y Diamela Eltit, escritora, trabajaron juntas en un proyecto: contar en imágenes en blanco y negro y en textos poéticos cómo eran las parejas de hombres y mujeres que vivían y se amaban en el psiquiátrico Philippe Pinel, en la ciudad de Putaendo, en el centro del país, a unos 200 kilómetros de Santiago. El resultado fue un libro, El infarto del alma, publicado en Chile en 1994 y que llega ahora por primera vez a España. Además, supone el debut de la editorial Comisura, que forman Laura C. Vela, Carlota Visier y Jesús Cano. Ellas dos también se han lanzado, junto a Carol Caicedo, a publicar una revista cuatrimestral, llamada Esto es un cuerpo, sobre fotografía y literatura, que dedicará cada número a una parte del cuerpo humano.

Errázuriz (Santiago, 77 años) cuenta por correo electrónico que en aquel proyecto tuvo “la libertad a la que aspiraba para realizar las fotografías”. La sensación que recuerda, por un lado, “es el desamparo del recinto”, pero por otro estableció una estrecha relación con aquellas personas a las que frecuentó largo tiempo y que la llamaban, con cariño, “tía Paz”, mientras la besaban y abrazaban. El centro había sido hospital para tuberculosos en los años cuarenta del siglo pasado. Cuando la vacunación doblegó a esa enfermedad, se transformó en 1968 en un manicomio que recibía a pacientes de distintos centros, muchos de ellos indigentes.

El principio de esta obra a cuatro manos fueron las imágenes que tomó durante casi dos años Errázuriz, magnífica fotógrafa, que ha centrado su trayectoria en personajes marginales de la sociedad. A ello se sumó la novelista y ensayista Diamela Eltit (Santiago, 72 años), premio Nacional de Literatura en su país en 2018: “Paz me comentó de sus fotos, me invitó a escribir y yo le propuse no escribir sobre las fotos, sino que hiciéramos un libro dual, por una parte su relato fotográfico y por otra mi relato literario”, dice también por correo electrónico. “Es un libro con discursos estéticos paralelos y, lo más importante, fundado en una política de la poética”.

La escritora añade que cuando entró en aquel lugar, sintió “que tenía que estar ahí, que de una manera u otra formaba parte”, aunque ya sabía del hospital y “de la condición de los asilados y asiladas”. Lo resume en un pasaje de sus textos: “Estoy en el manicomio por mi amor a la palabra”.

El sanatorio para enfermos mentales de Putaendo (Chile).
El sanatorio para enfermos mentales de Putaendo (Chile).Paz Errázuriz

En el libro llama la atención el número de parejas surgidas en el sanatorio y cómo expresan su cariño y ternura. Pedro con Margarita, María con Ismael, Rosario con Juan, Carmen con Fernando… “Tantos enamorados se entiende por la cantidad de pacientes que había”, agrega la fotógrafa, que se pregunta: “¿Será acaso el amor una forma de supervivencia?”. De cualquier forma, considera que estas relaciones podían ser “una manera de resistencia a la marginalidad”. Los hombres y mujeres retratados en sus casi 40 instantáneas miran con fijeza a la cámara, “desmontan el estereotipo de la pareja feliz, de la pareja de familia bien conformada”. Mientras que Eltit quiso hacer “un libro diverso sobre el amor, hacia el que confluyeran diversos registros de escritura, textos que viajaran por los géneros sin barrera alguna”. El lector se encuentra así con un volumen que es un diario de un viaje, un ensayo, poesía, literatura epistolar… La escritora nos lleva por los diferentes y a veces tortuosos caminos que transita quien ha estado enamorado: “El amor y sus complejos procesos de inversiones y decepciones acuñadas bajo la forma del odio, de la necesidad, de la indiferencia, del dominio, del olvido”.

Respecto a cómo se movía entre los internos, Errázuriz solo apunta que “siempre quisieron ser retratados, unidos”, y que cuando veían las fotos, “las consideraban como un certificado de matrimonio, así me lo decían, agradeciéndomelo”. En una ocasión declaró que “la mayor satisfacción” de aquel trabajo vino cuando se encontró con el exdirector del centro, quien le dijo que “a los doctores, esas imágenes les habían abierto una puerta para mirar a sus pacientes con más dignidad”. El amor, asociado tantas veces a la locura, ayudó aquí a enfermos mentales. Su compañera describió el esfuerzo de Errázuriz: “Les regala su mirada fotográfica, la certeza de sus imágenes. Cuando captura sus poses, les confirma la relevancia de sus figuras”.

Otra de las parejas que aparecen en el libro 'El infarto del alma'.
Otra de las parejas que aparecen en el libro ‘El infarto del alma’. PAZ ERRÁZURIZ

Preguntada si tenían hijos aquellas personas, Eltit aclara que “estaban esterilizadas, ese procedimiento lo hacían en el mismo hospital a su llegada”. Y a la hora de decidir el título para el libro, la escritora, que acaba de ser premiada en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, explica que Errázuriz le contó por carta (Eltit vivía en México) que una de las internas le había dicho que estaba allí porque “le había dado un infarto al alma”. “Yo pensé que ese era un título exacto y la Paz estuvo de acuerdo. Así que el título salió desde adentro”.

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Los gritos de América retumban en el MUAC

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No es que hayamos perdido es que todavía no ganamos. Despertemos, humanidad; ya no hay tiempo. Viva Nicaragua Libre. Fora Temer [Fuera Temer]. ¡Ya basta! Todos somos H.I.J.O.S. de una misma historia. 100.000 desaparecidos. I am we [Yo soy nosotros]. Fuera del clóset, ocupando las calles. Macri no es puto es liberal; hacete cargo. I am Andy Lopez and my life matters [Soy Andy López y mi vida importa]. Milicos no! Canalha [Canalla]. Que no haiga Real Academia Española. Yo pienso, vos sufrís, ellos nada. ¿Qué pasó en Curuguaty? 40, 41, 42, 43, ¡justicia! Estas consignas son (o fueron) gritos de América que hoy retumban en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC) de México.

La exposición Giro gráfico, que se expone hasta mayo en el museo, indaga en las formas de expresión callejera de activistas y movimientos sociales en el continente desde la década de los sesenta. El título de la exposición tiene una segunda parte, Giro gráfico. Como en el muro la hiedra, que invoca a una canción de la chilena Violeta Parra: “Se va enredando, enredando / Como en el muro la hiedra / Y va brotando, brotando / Como el musguito en la piedra”. “Porque la gráfica, al igual que la hiedra, crece inesperada e insistente en los muros y vuelve a brotar, una y otra vez, en cualquier intersticio, como la vida misma”, explican en un texto los curadores de la muestra.

La exposición es el resultado de una investigación impulsada por la Red Conceptualismos del Sur, un colectivo transnacional y diverso que trabaja en el proyecto desde hace seis años. En mayo de 2022, el colectivo también inauguró la muestra en el Museo Reina Sofía de Madrid. El objetivo no es hacer un mapeo definitivo ni cronológico de la gráfica política en América sino abordar expresiones tan diversas como las del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria, que marchó en México en 1979; las de los brasileños que pidieron la libertad de Lula da Silva, encarcelado por corrupción en 2017 y electo presidente en diciembre; las de las Panteras Negras, en Estados Unidos, o las de las feministas que toman las calles de Colombia, Perú o Argentina cada 8 de marzo.

Una mujer fotografía una de las piezas de la muestra 'Giro Gráfico', en el Muac.
Una mujer fotografía una de las piezas de la muestra ‘Giro Gráfico’, en el Muac. Aggi Garduño

Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía”. El himno feminista que nació en Chile y que suena desde entonces en cada marcha por los derechos de las mujeres en Latinoamérica se escucha al inicio de la exposición cantado por campesinas y activistas en el cerro Huelén. Allí mismo, cuelga impresa en negro sobre blanco una fotografía de Graciela de Gouveia, una uruguaya detenida y desaparecida en Buenos Aires el 14 de junio de 1977. La imagen está sostenida por una vara de madera que los manifestantes alzan cada 20 de mayo desde 1996 en las Marchas del Silencio, en Montevideo. Las consignas, presentes y pasadas, siguen reverberando al avanzar por la muestra en forma de foto, vídeo, bordado, impresión, pancarta, canción, bandera.

Los organizadores prefieren no hablar de obras de arte aunque los objetos estén expuestos en un museo. Sol Henaro, conservadora del MUAC, miembro de la Red Conceptualismos del Sur y una de las coordinadoras de la exposición, lo explica: “Insistimos en hablar de visualidades. Estas visualidades pueden venir de artistas, pero también de sujetos que toman herramientas de la práctica artística para comunicar ciertos pronunciamientos”. Por eso, el equipo que organiza la exposición entiende la gráfica en un sentido “estallado”, es decir, abierto. El visitante encontrará técnicas y materiales que, aunque no encajen dentro de la definición más extendida de gráfica, pueden tener la fuerza para detonar cambios.

En las paredes, cuelgan afiches de papel que convocan manifestaciones y piden “¡Alto a la represión!” o fotografías que documentan una pintada callejera: “Las pintas se ven mal, pero la sangre en la calle luce peor”. Cuelgan, por ejemplo, pinturas-bandera hechas en 1981 por la Asociación Internacional de Artistas Víctimas de la Represión en el Mundo que se creían perdidas y que han sido recuperadas gracias a la investigación. Uno de los muros del MUAC ha sido intervenido con aerosol para plasmar los rostros de líderes sociales asesinados en Colombia. Son las expresiones más tradicionales de activistas o movimientos sociales. Pero también hay “producciones que vienen de otro orden”, explica Henaro.

En rojo y azul, se exponen carteles ideados para espacios publicitarios por el artista peruano Alfredo Márquez. “Dicen que somos el atraso”, dice en una lámina que muestra la cara redonda de una niña. La bisutería infantil, el cuello redondo de su suéter, la melena larga detrás de los hombros. “De una vez queremos saber dónde está (…) Si supiéramos, nos quedaríamos conformes ya”, se lee en quechua. O rectángulos de tela bordados por mujeres de El Salvador exiliadas en Honduras durante el conflicto armado, entre 1980 y 1992. “Huimos para no morir a causa de las bombas dejando abandonadas nuestras casitas”, está escrito en uno que muestra helicópteros militares sobrevolando una aldea mientras sus habitantes –niños, adultos, ancianos– escapan de los balazos rojos.

La Zapantera negra es una pequeña casa de madera que, incluso desde su arquitectura, cuestiona el status quo. La cabaña, más baja en uno de los extremos, parece hundirse en el terreno –el piso de una de las salas del museo–. Entre 2012 y 2014, el colectivo En donde era la ONU y el artista Rigo 23 invitaron a Emory Douglas, exministro de Cultura de las Panteras Negras, a conocer al Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas. El resultado fue esta casa intervenida con pinturas y bordados que unen “visual y políticamente” los dos movimientos.

También se exponen papalotes que el artista Francisco Toledo creó con alumnos de escuelas primarias de Oaxaca para unirse a las protestas por la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. O un dispositivo creado por el artista Demián Flores y el colectivo La Chula Foro Móvil para imprimir en el momento, durante las manifestaciones, pancartas con los rostros de los normalistas que faltan de sus casas desde 2014. “Eso mismo ya lo hacía Rini Templeton”, advierte Henaro sobre el trabajo de la artista estadounidense que participó en las revoluciones cubana y sandinista, en Nicaragua, con “sus herramientas visuales”. Ella salía a las manifestaciones a regalar sus dibujos.

Sole Henaro, una de las curadoras de la muestra, junto a carteles con la imagen de personas desaparecidas en Argentina.
Sole Henaro, una de las curadoras de la muestra, junto a carteles con la imagen de personas desaparecidas en Argentina. Aggi Garduño

La curadora explica que una parte importante de la investigación ha sido descubrir ecos como ese. “Muchos empezamos a darle una dimensión más digna a ese tipo de ejercicios de los años setenta u ochenta y a poner atención en qué otras reverberaciones de este tipo había en nuestro presente”. Henaro destaca cómo los fanzines, las pancartas y las pintadas “son tres de los elementos que tienen un nuevo giro en el presente”. “Estas visualidades insisten o resisten el silenciamiento”, explica y continúa: “No es una exposición que apunte a explicar las debacles políticas de Latinoamérica, que son muchas, muy variadas y no podríamos convocar a todas. No era ese el propósito. Era más bien hacer este entramado de episodios del pasado y del presente. Aspiramos a sacudir y a que nos haga pensar sobre el presente”.

Templeton, la artista que regalaba sus dibujos como ahora los hacen Demián Flores y el colectivo La Chula Foro Móvil, también entregó sus obras gratis en México como parte de su activismo político y social. Había llegado al país en 1974 y se había sumado al Taller de Gráfica Popular para apoyar con su obra las causas populares. Cuando los sismos de 1985 dejaron miles de muertos en Ciudad de México, la artista se involucró en los reclamos y ayudó a organizar la ayuda a las víctimas. En esos días, dibujó una viñeta en la que se ve a un grupo de mujeres tejiendo delante de una pancarta; la tela que cuelga está limpia, aún sin mensaje. El dibujo de la artista, que murió al año siguiente, se expone en el MUAC. El espacio en blanco podría completarse ahora con el grito más urgente.

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Mon Laferte pinta en el gran festival teatral chileno a 50 años del golpe de Pinochet

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La cantante chilena Mon Laferte, durante un concierto en Madrid (España), el 5 de septiembre de 2022.
La cantante chilena Mon Laferte, durante un concierto en Madrid (España), el 5 de septiembre de 2022.Aldara ZN (Redferns)

El Estadio Nacional de Chile, utilizado por la dictadura de Augusto Pinochet como centro detención y tortura, ha inaugurado este martes un mural conmemorativo del medio siglo del golpe de Estado, que se cumple el 11 de septiembre de este año. La colorida obra de la artista Mon Laferte -principalmente conocida por su faceta como cantante- y el muralista Alejandro Mono González ha sido el puntapié inicial del Festival Internacional Santiago a Mil, que no podía descolgarse de la emblemática fecha desde el prisma de las artes escénicas. La versión 30º de una de las principales fiestas del teatro latinoamericanas estará fuertemente marcada por la memoria política y social chilena, pero también será vitrina de las grandes temáticas globales como los flujos migratorios y el cambio climático.

Más de 130 espectáculos de teatro, danza, música, instalaciones, performances y artes visuales protagonizados por artistas de 19 países se presentarán hasta el 31 de enero desde la norteña región de Arica hasta la austral Magallanes. El actor y director Alfredo Castro, uno de los fundadores del festival que arrancó en 1994 con apenas cinco obras, ha explicado en la apertura que las regiones alejadas de la capital “han sido como otro país en Chile”. “Lo que ha hecho el festival es integrar a un país completo, nos ha permitido colaborar en un imaginario que muchas veces es muy diverso entre el norte, el sur y el centro”, ha afirmado el intérprete en películas como Tony Manero (2008), No (2012) y El club (2015).

El mural en el que participó la cantante Mon Laferte, al interior del Estado Nacional, en Santiago.
El mural en el que participó la cantante Mon Laferte, al interior del Estado Nacional, en Santiago. Elvis González (EFE)

El golpe militar estará presente en obras nacionales como La amante fascista, El ritmo de la noche, o El año en que nací en versión digital, entre otras. Carmen Romero, directora ejecutiva y de programación del festival, sostuvo que en Chile no hubo “nunca más”, incluso con Pinochet preso, y que por eso el teatro se hace cargo “del punto suspensivo que vivió el país” con obras inspiradas en esa etapa oscura y volviendo una y otra vez a preguntarse dónde están los desaparecidos. La mujer ancla de la fiesta cultural agrega que en la dramaturgia están todos los procesos sociales. La revuelta de 2019, por ejemplo, “se escribió antes, durante y se sigue escribiendo. Son los temas que atraviesan al teatro nacional, por eso es un lenguaje tan importante”, señala Romero.

Castro se subirá a las tablas con la obra Hechos consumados, estrenada en 1981 del legendario dramaturgo Juan Radrigán. “Fue escrita en dictadura, contra la dictadura, y sin embargo hoy cobra una dimensión que nunca esperábamos. Me he dado perplejo escuchándola porque toca temas del feminismo, de la propiedad privada, de la Constitución, de la miseria… es como si Radrigán hubiese sido, -y lo fue, añade el actor-, un vidente”.

En el mural conmemorativo del golpe en el Estadio Nacional, que acogerá los Juegos Paralímpicos en noviembre, aparece la cárcel, la música, la mujer, los detenidos desaparecidos, el copihue (flor nativa chilena), entre otros códigos. El muralista Mono González, de 76 años, quería trabajar en conjunto con Mon Laferte, de 39, para que dos generaciones dialogaran a través de la pintura sobre un hecho que los marcó de manera distinta. También participaron en el pintado presos de los setenta e incluso nietos de estos. “Un lugar siniestro está con vida, con color. Puede que te guste o no, pero hay una huella que tiene que ver con la cultura de vida”, afirmó González frente a la obra que podrá verse a partir de septiembre.

Los artistas Mon Laferte y Alejandro 'Mono' González conversan durante la inauguración de su mural al interior del Estadio Nacional.
Los artistas Mon Laferte y Alejandro ‘Mono’ González conversan durante la inauguración de su mural al interior del Estadio Nacional.Elvis González (EFE)

El abanico de temáticas incluye otras problemáticas de esta era, como el cambio climático, que a través de la ópera-performance Sun & Sea (Lituania), ganadora de la Bienal de Venecia 2019, y la danza El libro de la selva reimaginado (Reino Unido), que a través de Mowgli invita a repensar el mundo del futuro, abordan la crisis medioambiental y su impacto en las nuevas generaciones. Las nuevas tecnologías también tendrán su espacio con Orpheus y El increíble viaje de Caperucita Galáctica (España), y la obra para teléfonos móviles La mirada decolonial o la de Observación de la colonialidad (Alemania-Chile).

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Cultura

Everyman, de Guillermo López Gallego

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Rafael Morales Barba

24/12/2022

Vivimos tiempos de cambio y de lo ecléctico en las propuestas, géneros literarios. Ángela Segovia en verso y, de forma marcada, Vicente Luis Mora en prosa (Circular 22) han ido a los extremos en este sentido. También vivimos complejas contralecturas, caso de la realizada sobre el César Vallejo de Trilce, más o menos experimental, por Berta García Faet en Los salmos fosforitos (2017). También reviven al día de hoy los mundos visuales de la mano de María Salgado (tras el genio de José Luis Castillejo), o juegos próximos a lo perfomático a través de la voz, caso de Lola Nieto en Vozánica (2018). Y mientras van quedando lejos los mejores libros del 2000 y pico, como Mi primer bikini de Elena Medel, que pareció abducir su literatura tanto como el primer libro a Blanca Andreu. También lejos va quedando Afro (2016) de Guillermo López Gallego (1978), donde demostró una mirada diferenciada que ahora adensa, personaliza y renueva, tanto como lo ha hecho Jorge Gimeno, en el 2021, con título próximo, Barca llamada Every.

Everyman retoma el hilo de Afro, pero lo acendra y madura, hace referencia a ese libro, para dar ese paso adelante más reflexivo sobre uno mismo y la nueva realidad del Perú, desde la vicisitud personal, los interrogantes intelectuales y el amor: ‘Respiramos Amor a bocanadas’. Visión a la que tiende o circunstancia personal que enmarca al viajero/s en Lima. También estamos ante un libro profundamente moral nuevamente, pese a las citas y referencias, circunstancias personales (la enfermedad, entre otras), pues por debajo de ellas y de esa pluralidad de lecturas, situaciones y miradas, hay un humanista atento a como el hombre ‘Reduce lo ya carente para/Ofrecerlo a lo ya sobrado’. Claro que no estamos ante un sermón, ni ante Gerard Manley Hopkins, ni una reivindicación política, partidista, sino ante una mirada valiente ante el tráfago de la vida (y la propia trabazón y superposición de textos apunta a ello), donde Lima y el Perú son coprotagonistas en su complejidad.

Everyman, dividido en seis cantos, vuelve a ser una apuesta diferente y compleja desde su estructura de yuxtaposiciones (no es un libro fácil, pero sí rico en matices, intenso), también desde lo tropológico al servicio de plasmar plásticamente una geografía y la emoción de ser ‘extranjeros’, tanto como plantearse desde su realidad y circunstancia histórica ‘Perú como problema de ajedrez’. Y del centón de asuntos brotan lecturas, referencias o sentidos, pistas para el lector, junto a la multitud de lugares, sugerencias y citas de la historia o del pensamiento, que encuadran y sitúan. También sensaciones, identidades al hilo del viaje o de la estancia que se asoma a la riqueza plural que se ofrece al poeta, geografía y gentes, comidas y fauna, entre tantas. Son muchas las capas y sugerencias, puzles y encrucijadas vitales que ha despertado el Perú a Guillermo López Gallego, tanto como le despertó África. Y como allí también reflexiona sobre la muerte (y de la muerte de otros poetas a quienes se hermana), porque sin caer en la poesía desolada, ni mucho menos, la apuesta formal y de sentido, proponen un libro muy serio que no debería pasar desapercibido.


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Cultura

Las cenas de Navidad regresan con fuerza a Barcelona pese al impacto de la inflación

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Las comidas de empresa, finalmente, han vuelto. Y los restauradores lo están notando tras dos años en los que la vida cambió por completo cuando el coronavirus llegó para ponerlo todo patas arriba. Los bares y los restaurantes han recuperado su papel, o al menos, eso indica la alta demanda que están teniendo para reservas de grupos que desean realizar comidas o cenas de empresa antes de Navidad.

Y es que cabe recordar que las restricciones de la pandemia no acabaron a la par que el confinamiento domiciliario. Hubo meses en que bares y restaurantes, o no abrían, o tenían un horario limitado. Además, había un máximo en el número de personas que podían formar parte de una reunión social. Todo aquello provocó que las reservas por parte de empresas para celebrar las fiestas en diciembre pararan en seco. Joan Junyent, de la cadena de restaurantes Windsor, recuerda que «el año pasado se hizo muy poca cosa. La mesa más grande era de seis comensales… había miedo, respeto y recelo».

Este 2022, no obstante, los barceloneses tienen ganas de disfrutar de las fiestas y es por eso por lo que ya están solicitando fechas para la clásica comida o cena de trabajo, habiendo dejado los recelos atrás. La demanda de reservas se sitúa incluso en muchos casos por encima de la de 2019. Desde Windsor, por ejemplo, reconocen que, «en efecto, este año se ha recuperado el ritmo habitual para estas fechas. Los grupos de empresa han vuelto, la gente ha olvidado el miedo y diría que se respira una casi absoluta normalidad». Es por eso por lo que se puede hablar de un resurgir de las comidas de empresa.

«Una diferencia abismal»

Por su parte, desde Casa Carmen, franquicia de restaurantes de Barcelona, reconocen que «se ha notado muchísimo y la diferencia es abismal con respecto a los años pasados. No sólo en cenas de empresas, sino también vienen muchos grupos numerosos de amigos, que trae cada uno a un conocido y al final acaban siendo 15 o 20 en una mesa».

Los días preferidos por los españoles para celebrar este evento, es decir, donde más reservas hay, son los jueves o los viernes de la segunda mitad de diciembre, tanto al mediodía como en la noche, pues son las fechas disponibles más cercanas a las fiestas. No obstante, como se ve, los barceloneses tienen ansia por socializar y reunirse con amigos o compañeros de trabajo y ya han conseguido colocar el cartel de completo en muchos restaurantes.

En cuanto a las preferencias gastronómicas, aunque cabría suponer que en una cena con tus compañeros de trabajo vas a ir directo a por el menú más completo, los hosteleros afirman que «el clásico ‘picapica’ nunca falla; al contrario, siempre triunfa». En Windsor, lo que más degustan los clientes son los platos de la carta, en concreto «el carpaccio de alcachofas con vinagreta de piñones, la carrillera de atún rojo con judías verdes picantes y el lomo de ciervo con salsa de pimientas y castañas».

Grandes grupos

Que se puede juzgar como positivo el hecho de que se hayan recuperado las cenas de empresa es una obviedad. Ahora bien, hay que tener cuidado con las cifras, pues como reconoce Junyent «los jueves y los viernes se genera un ‘overbooking‘ que no es bueno ni para el restaurante, que no hace más que decir que ya está completo, ni para el cliente, que acaba yendo a lugares de tercera o cuarta opción por no ser flexible con los días de la semana. Si las empresas eligieran los lunes, martes y miércoles como días también aptos para celebrar la cena de empresa, no colapsaríamos los restaurantes y los clientes no tendrían tantas dificultades en encontrar opciones».

Por otro lado, desde Casa Carmen aseguran que «a veces llega a haber reservas de hasta 60 personas, lo que hace que tengamos que trasladarlos a restaurantes más cercanos». No solo en las cenas de empresa, pues en la ya citada franquicia muchas veces se reúnen grupos de amigos en los que acaban siendo 20 personas, y sumado a las mesas de alrededor, acaba habiendo poco espacio libre en unos metros cuadrados.

Es positivo para la economía y para la vida social de Barcelona, pero se puede caer en el riesgo, como advierte el director de Windsor, de colgar el cartel de completo demasiadas veces y de que mucha gente se quede sin sitio, o bien de que, al haber tantos clientes en los mismos metros cuadrados, los camareros no den abasto.

Subida de precios

Por otro lado, este año la temporada de Navidad llega con un gran hándicap que lo puede condicionar todo: la crisis económica y la inflación han provocado un aumento de precios y una pérdida de poder adquisitivo en la clase media española.

Desde Windsor, por ejemplo, explican que aunque no han aumentado tarifas en los menús de grupo, «los precios de este año se han aumentado en los productos de la carta y han tenido que ser actualizados. Han aumentado, en nuestro caso, un 5%. Pero no nos hemos atrevido a repercutir toda la subida de precios a nuestra tarifa. Nos ha dado miedo enfriar las ventas». De hecho, «el menú más solicitado es el más barato».

Lo que queda claro es que, tras dos años casi en blanco, los ciudadanos de Barcelona, ya sea con sus compañeros de trabajo o con sus amigos, tienen ganas de volver a reunirse para celebrar las fiestas en sus restaurantes favoritos. Ni la subida de precios ni el poco hueco disponible parecen ser capaces de revertir esta tendencia al alza.

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Cultura

‘Poco hombre’, de la mordaza al altavoz

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El escritor chileno Pedro Lemebel (1952-2015) es un nombre imprescindible de la cronística latinoamericana del siglo XX. La editorial barcelonesa Las Afueras, siempre pendiente de lo que se escribe en América Latina, nos trae esta antología de crónicas del autor chileno recogidas bajo el título de Poco hombre y seleccionadas por Ignacio Echevarría, quien desde su atrayente prólogo nos hace ver que estamos ante una escritura altamente oral. El propio Lemebel define su literatura como una “boca escrita”, un artificio barroquizante a través del cual el autor denuncia y saca a la luz los temas que él consideraba ausentes en el itinerario público chileno, todo ello conduciendo al lector por vericuetos estilísticos insospechados.

Si bien Lemebel también fue un destacado performer —desarrolló su trabajo artístico en el dúo Las Yeguas del Apocalipsis junto a Francisco Casas entre 1987 y 1993, aún bajo la dictadura de Pinochet—, él siempre se consideró ante todo un escritor, como declaró en varias entrevistas. Y además un escritor que escribía “con la bulla urbana”, algo que le granjeó el cariño de lectores y admiradores de todas las generaciones, que lo saludaban efusivamente por las calles al considerarlo uno de los suyos, pues siempre estuvo del lado de los marginados tanto por su situación socioeconómica como por su condición sexual. Recordemos que a Lemebel nunca le gustó la palabra “gay” como apelativo para los homosexuales, pues consideraba que el término “no se adapta con lo que es un homosexual pobre en Chile”, en sus propias palabras. En cambio, tenía gran querencia hacia el término “loca” y dedicó numerosas crónicas —e incluso su única novela, Tengo miedo torero— a articular esta figura con la que se sentía plenamente identificado.

No conviene dejarse llevar por la idea de que una literatura como la suya, que pone el foco en la pobreza, pueda implicar cierta austeridad retórica. Todo lo contrario: la escritura de Lemebel es un derroche. La hoja o pantalla en blanco es el espacio que el autor chileno mancha, embarra, pinta y raya con total libertad y sin comedimiento alguno. Lemebel no escribe para congraciarse con los lectores, y menos aún con los de lengua castellana, pues siente una profunda nostalgia por la época precolombina, en la que primaba la oralidad y en la que convivían las distintas lenguas de América, un tiempo de “voz mimetizada con el entorno, como un pájaro ventrílocuo que caligrafía su arrullo entre la foresta”, antes de que llegase la conquista y lo cambiase todo: “después vino la letra y con ella el alfabeto español que amordazó su canto”, como escribe en su crónica titulada ‘El abismo iletrado de unos sonidos’.

El milagro es que, aun desde esta perspectiva tan radical, Lemebel ha logrado hacer de su propia mordaza un altavoz sofisticado y eficaz que funciona a la perfección en su objetivo de acercar su escritura a los lectores. Quienes lo leemos caemos rendidos hacia esa artesanía verbal repujada y rebosante de plumaje, pues en sus crónicas paladeamos tanto su talento para la adjetivación (“arquitectura piñufla”, “teleaudiencia sonámbula y roticuaja”) como la creación libérrima de neologismos y su extrema sensibilidad para lo sonoro de la lengua (“Pero ese chsss no es silencio; para la lengua indígena quizás ese chsss tiene que ver con un dolor de muelas y la ‘s’ es el abanico que enfría la caries ardiente. A lo mejor, también ese chsss es la lluvia siseando sobre los techos de paja o el silbido de la serpiente cuando la pisan en celo”).

Destacan sus impresionantes artículos de carácter documental en los que retrata el día a día de los barrios más humildes

Lemebel es como un chef que, a pesar de detestar los ingredientes que emplea para sus inimitables recetas, cocina un gran banquete con ellos, aunque lo haga desde la rabia, sentimiento que ha sido un excelente combustible del motor de lo literario a lo largo de los siglos. No es de extrañar tampoco que su compatriota Bolaño considerase a Lemebel el mejor poeta de su generación, algo que se deja ver particularmente en estas crónicas, a menudo de solo tres o cuatro páginas que, por su condensación, no escatiman lirismo ni tampoco ternura. En esta antología encontramos también textos de tono más ensayístico, como ‘Biblia rosa y sin estrellas’, donde explora la relación entre rock y homosexualidad en Latinoamérica, o perfiles como el de Miria Contreras, secretaria y amante de Salvador Allende. En ocasiones aparecen también en este libro destellos del estilo y temática de Manuel Puig, con quien se le ha emparentado en muchas ocasiones, a juzgar por la cantidad de estudios que relacionan la novela El beso de la mujer araña, de Puig, con Tengo miedo torero, vinculándolas desde su propuesta melodramática no exenta de crítica social.

Pero en lo que Lemebel destaca con creces es en sus impresionantes textos de carácter documental en los que retrata el día a día de los barrios más humildes, con sus habitantes —que él convierte en personajes— de vidas arduas; textos que funcionan como revulsivo para lograr el cambio social, algo que él perseguía en todos los aspectos de su vida.

Así, independientemente de que hoy nos acerquemos a Lemebel como representante de la literatura queer actual, o como un artista multifacético que también escribe, parece claro que los textos del autor y artista chileno ya forman parte del canon de la literatura escrita desde América Latina.

Portada del libro 'Poco hombre', de Pedro Lemebel
 Autor: Pedro Lemebel.

Editorial: Las Afueras, 2022.

Formato: tapa blanda (344 páginas. 22,95 euros) y e-book (11,39 euros).

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Cultura

‘Podcasts’ recomendados para diciembre: confesiones sobre la ansiedad, la tragedia de ‘Viven’ y la cara C de la cultura

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‘Corderos’

El ruido blanco, la reverberación y el silencio forman parte de la banda sonora de esta ficción sonora de Podium Podcast Chile. En sus primeros segundos, ya deja claro en qué tonalidades va a pintarse esta historia. Victoria García hace una llamada de ayuda. “Estoy en unca cabaña. Hay alguien más aquí adentro”, dice entre sollozos antes de que unos gritos ahogados cierren la conexión. Ella es una psicóloga forense especializada en adolescentes. Ha acudido a un colegio de élite a investigar un misterioso audio que anuncia una masacre contra “los corderos impíos”. Con cierto aire a El proyecto de la bruja de Blair, que se convirtió en un clásico del terror explorando nuevas vías narrativas, comienza Corderos, que también recuerda a Expediente X. Sus primeros cuatro episodios ya están disponibles.

‘La cara C’ de la Juan March

El universo pedagógico de la Fundación Juan March se expande. La cara B es la selección de videoensayos que exploran las historias menos conocidas en torno al programa de actividades en vive que organiza la institución cultural. Y, desde hace un par de años, La cara C amplía ese universo en formato sonoro. Con montaje y banda sonora original de Javi Álvarez, este pódcast nos cuenta en píldoras de entre 15 y 25 minutos relatos culturales terriblemente amenos. El más reciente recuerda la creación de algo tan insólito como el Museo de Arte Abstracto de Cuenca en pleno franquismo haciendo referencia a la cultura popular, con el humor absurdo de Amanece que no es poco, de José Luis Cuerda. La España de Goya narrada como quien le cuenta una anécdota a un amigo es otro de sus grandes momentos.

‘Supervivientes: La odisea de los Andes’

Y regresamos a Chile a través de este audiodocumental de Podimo que recuerda el tristemente célebre accidente aéreo ocurrido en el país en 1972, cuando se cumplen 50 años de la tragedia. La narración del periodista uruguayo Aureliano Folle le da un toque enormemente personal, al haber mantenido contacto en su juventud con algunos de los tripulantes del avión, miembros del equipo de rugby Old Christians Club. Con la colaboración del escritor Alejandro De Barbieri, recopila voces de sobrevivientes, familiares de los que no volvieron y amigos.

‘Informe de los bosques’

Igualmente personal es esta ampliación sonora del libro Solo quedamos nosotros. El escritor peruano Jaime Rodríguez habla de la ansiedad. De su ansiedad. Aunque a veces recurre a la ficción, Informe de los bosques es un ensayo casi autobiográfico sobre la salud mental en el que la voz de su amiga, la actriz Raquel Rodríguez Bartolomé, se cuela como ese ruido interior que lo fustiga y que muestra de forma fascinante la lucha interior que el autor mantiene incluso en el propio proceso de creación de este podcast. “Tengo muy pocas horas de tranquilidad en mi vida”, confiesa en un capítulo su amiga Mafer, con la que comparte experiencias en torno a la culpa. El escritor dice que lleva jugando al gato y al ratón con la ansiedad más de una década. Y que, de algún modo, ella siempre termina encontrándolo.

En catalán: ‘Sopa de miso’

Con esta clara referencia a la cultura nipona, Mariona Borrull y Adriana Díaz comparten este espacio dedicado al mundo del anime. Si ya sabes de este universo creativo o si, de lo contrario, el género shônen y Kimetsu no Yaiba te suenan a… japonés, este es tu podcast. Pero sus charlas en este espacio sonoro de Serielizados, además de centrarse en lo que podemos ver a través de las pantallas, también analizan otros aspectos sociológicos del país asiático, como la filia furry o el porno gastronómico. Y ellas, absolutas expertas en el tema, mezclan sabiduría con un refrescante halo de permanente curiosidad e incluso sorpresa.

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Cultura

Laurent Garnier y Richie Hawtin, protagonistas en el 30 aniversario del Sónar

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Primeros confirmados para una edición que promete. El Festival Internacional de Música Avanzada Sónar 2023, que celebrará del 15 al 17 de junio su 30 aniversario, tendrá entre sus invitados estelares a los míticos Laurent Garnier y Richie Hawtin. Bicep, Peggy Gou, Fever Ray, Honey Dijon, The Blessed Madonna, Solomun, Amelie Lens o Oneohtrix Point Never también estarán en la próxima edición, que volverá a instalarse en el recinto ferial de Gran Via.

Los oranizadores del festival han desvelado los primeros 66 nombres de su programación, entre los que también figuran Marina Herlop, Max Cooper, Ryoji Ikeda, Claraguilar, Kode9, Koreless, Erika de Cassier, Desert, Lucrecia Dalt, Logic1000, MikeQ, DJ Marky & MC GQ, Deena Abdelwahed, Omagoqa, ISAbella b2b Rosa Terenzi, B2BBS, Shygirl y Wata Igarashi, según ha informado en un comunicado.

El evento puntero de música electrónica contará con más de 100 shows en directo y DJ sets, en el que se combinarán reconocidas figuras y una nueva hornada de artistas a la vanguardia, en una edición que sintetiza 30 años de innovación, tanto en contenidos como en formatos, con un programa eminentemente festivo y repleto de «los sonidos más novedosos e influyentes».

Celebración de la cultura de club

El codirector del Sonar Enric Palau ha remarcado que el 30 aniversario del festival contará con un cartel «puramente electrónico», que quiere celebrar la cultura de club, la figura del DJ como vehículo cultural y la diversidad de sonidos que protagonizan el panorama musical electrónico actual. «Lo hará con una amplia representación de artistas emblemáticos -nombres que han crecido junto a Sónar a lo largo de estos años- y con algunas de las figuras más candentes de la electrónica de baile actual», ha añadido.

El festival también ha desvelado la campaña gráfica de su 30 aniversario en la que ha revisitado las campañas de todos los años mediante la aplicación de la inteligencia artificial (IA). El codirector del Sónar, Sergio Caballero, ha detallado que esta IA ha realizado 29 entrenamientos utilizando, en cada uno de ellos, una de la campañas gráficas del festival, y en busca de alcanzar la capacidad de generar imágenes genera multitud de imágenes prueba/error: «Es en la belleza de ese error donde Sónar ha encontrado la imagen gráfica de su 30 aniversario», ha dicho.

Por otro lado, el Sónar también ha anunciado un rediseño de formatos y espacios como el de su emblemático SonarVillage, y en el Sónar+D volverá a ser un punto de encuentro de profesionales de las industrias creativas, el arte, la ciencia y la tecnología. Sónar+D ofrecerá para acreditados una programación especial de ‘masterclass’, conferencias, demostraciones y encuentros, y ampliará su área expositiva para presentar proyectos que trabajan en los campos del vídeo, el sonido 360º, las realidades mixtas y la realidad aumentada.

La celebración del 30 aniversario del Sónar empezará con la segunda edición en Lisboa, entre el 31 de marzo y el 2 de abril, y en Estambul, los días 28 y 29 de abril, antes de la «gran celebración» del aniversario en Barcelona.

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