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Cultura

6°Congreso Internacional de Prebióticos y Probióticos en Pediatría, Ciudad de Cancún, México del 5 al 7 de Noviembre.

Se celebrara en la Ciudad de Cancún, México el sexto congreso internacional de prebióticos y probióticos en pediatría bajo la dirección del Dr. Pedro Gutiérrez Castrellón y el Dr. Rodrigo Vázquez Frías. Los probióticos se han utilizado en gran número de síntomas pediátricos durante los últimos años, generalmente en los problemas referentes patologías a gastrointestinales […]

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Preproped

Se celebrara en la Ciudad de Cancún, México el sexto congreso internacional de prebióticos y probióticos en pediatría bajo la dirección del Dr. Pedro Gutiérrez Castrellón y el Dr. Rodrigo Vázquez Frías.
Los probióticos se han utilizado en gran número de síntomas pediátricos durante los últimos años, generalmente en los problemas referentes patologías a gastrointestinales con alteración en la microbiota intestinal como la diarrea infecciosa, el sobredesarrollo bacteriano etc. . También se ha valorado su efecto beneficioso en alteraciones inmunológicas como la dermatitis atópica, en la prevención y tratamiento de la alergia alimentaria y, en los últimos años en la infección por H. pylori. Existen varias líneas de investigación abiertas en la complementación probiótica y prebiótica en la infancia.


El congreso contara con la participación de reconocidos miembros de la comunidad científica internacional con el motivo de exponer los avances en las líneas de investigación abiertas así como en la utilización en el tratamiento de diversas patologías.

Las Playas del caribe mexicano serán sede de este importante congreso, para más informes, consultar la infromación en el sitio web del congreso www.preproped2020.com

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Cultura

La curva de la semana: sube Marilyn, baja la Documenta, vuelven los institutos de los noventa

Hace meses que las redes afilan sus críticas contra los nepo kids. Es decir, los hijos de de toda la vida, favorecidos por las inoxidables leyes del nepotismo, que nunca habrían tenido las mismas carreras sin sus ilustres patronímicos. La música no está a salvo del fenómeno. Maya Hawke, infalible suma genética de dos de […]

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Hace meses que las redes afilan sus críticas contra los nepo kids. Es decir, los hijos de de toda la vida, favorecidos por las inoxidables leyes del nepotismo, que nunca habrían tenido las mismas carreras sin sus ilustres patronímicos. La música no está a salvo del fenómeno. Maya Hawke, infalible suma genética de dos de las mayores bellezas que dio el final del siglo XX —Ethan Hawke y Uma Thurman—, edita Moss, un disco de folk agradablemente inofensivo, en la estela de la última Taylor Swift. Pero la sorpresa la ha dado Noah Cyrus, hermanísima de Miley, con The Hardest Part, inscrito en un country-pop delicado y desgarrador, que contiene un dúo junto a Ben Gibbard (Death Cab for Cutie). Menos suerte tiene Julian Lennon con su primer disco en 11 años, que ha tenido la ocurrencia de titular Jude, como si le resbalaran las comparaciones con su progenitor. “Es una pálida imitación de su padre”, sentenció The Observer. Se lo habrá buscado.

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Cultura

Cortes, piezas rotas y decenas de capas de pintura: la estatua del general Baquedano vuelve a la vida tras las revueltas en Chile

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La remoción del monumento al general Manuel Baquedano la madrugada del 12 de marzo de 2021 de la Plaza Italia es una de las imágenes que marcó las protestas sociales en Santiago de Chile. La escultura de bronce del artista chileno Virginio Arias (1855-1941), colocada hace casi un siglo en el centro de la capital, se había convertido en símbolo de disputa durante las revueltas. Tras un serio daño a la estructura, el Consejo de Monumentos Nacionales le encargó urgentemente al taller de escultura Montes Becker retirar y reparar la obra. Esta semana, sin que esté claro su destino final, el monumento fue reinstalado en el Museo Histórico Militar. Los protagonistas de la reconstrucción, Luis Montes Becker y su hijo Luis Andrés Montes Rojas, revelan los pormenores de la operación y el trabajo que supuso recuperar la obra oculta bajo una costra de pintura.

“Cuando la gente ve el monumento restaurado dice: ah, lo limpiaron no más”, afirma este miércoles el escultor Luis Montes Becker en su taller de La Pintana, al sur de la capital. La apreciación está lejos de la realidad. A la fina labor de restauración liderada por la dupla Montes durante seis meses hay que añadirle la complejidad de sacar de su sitio la obra contrarreloj en un clima social y político agitado.

Durante el estallido social, las esculturas de calles, avenidas y plazas fueron pizarras para las demandas, tapadas bajo la pintura de los aerosoles. Pero algunas fueron arrancadas de sus pedestales o destruidas a golpes. El monumento al general Manuel Baquedano, considerado un héroe de la Guerra del Pacífico que enfrentó a Chile contra Bolivia y Perú entre y 1879 y 1884, sufrió especialmente por su ubicación en el corazón de las revueltas.

En enero de 2020, tres meses después del inicio de las protestas, el Consejo de Monumentos Nacionales (CMN) le solicitó a los Montes una evaluación de la figura. Los escultores recomendaron restaurar algunas piezas seriamente afectadas, pero dejar la obra en su sitio. “Las esculturas en Chile no se posan sobre los pedestales y por lo tanto no se retiran con una grúa simplemente. Están pensadas para soportar hasta un terremoto de 10 grados. Lo más probable es que se caiga un edificio antes de que una escultura”, explica Montes Rojas, doctor en Escultura. Además de la solidez de los sistemas de anclaje, pusieron en valor el diálogo existente entre el patrimonio público con la ciudad.

Detalle de los daños sufridos por la escultura del general Baquedano durante las revueltas de 2019 en Santiago.
Detalle de los daños sufridos por la escultura del general Baquedano durante las revueltas de 2019 en Santiago. Archivo Taller Montes Becker

El escenario dio un vuelco cuando un grupo de hombres vestidos con overoles blancos intentó derribar la escultura con herramientas de corte durante la manifestación del Día Internacional de la Mujer, el lunes 8 de marzo de 2021. En 20 minutos consiguieron desestabilizar el 50% de las patas del caballo sobre el que posa Baquedano, hasta que las propias manifestantes les impidieron continuar. La caída de la obra de 4.000 kilos sobre la muchedumbre podría haber tenido consecuencias catastróficas. A primera hora del día siguiente, los Montes acudieron a evaluar nuevamente la estructura y presentaron la gravedad del asunto ante el CMN, el que les encargó retirar urgentemente la obra con la ayuda de otras entidades.

La tarea suponía un desafío mayúsculo porque no existían documentos que detallaran cómo estaba sujetada la icónica pieza. Informes encargados por el CMN a ingenieros estructurales daban cuenta que la escultura -el jinete sobre el caballo y la peana (base)- estaba anclada al pedestal por dos barras de acero apernadas al centro. A los escultores les resultaba evidente que por esos tubos habían rellenado con cemento el pedestal, pero no sabían si el hormigón tenía atrapada la peana internamente, lo que impediría retirar la obra completa.

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Montes Becker, con más de 30 años de trayectoria, recuerda el peso que sintió al inicio de la operación. “Estábamos trabajando a las 12 de la noches, con el público en contra, con la televisión, los focos, era casi como un reality. Muy tensionado. Con militares, carabineros, tres círculos de seguridad… Uno no está acostumbrado a trabajar con esa tensión, menos con el simbolismo y la carga política que tenía el monumento. Si uno erraba, se acababa la carrera”, sostiene. Comprobaron que la peana estaba rellena de cemento por lo que no podían extraer la obra completa sin riesgo de que se produjera una fisura. Tampoco podían demoler el pedestal al ser de carácter patrimonial. Obligados a aplicar el plan B, separaron la peana del caballo: realizaron dos cortes rectangulares en la superficie de la base, cada uno con dos patas del animal.

“El objetivo era retirar la obra, pero a mí personalmente me interesaba rescatar la obra del escultor”, afirma Montes Becker. Padre e hijo son académicos de la escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile, de la que Virginio Arias fue director. “De alguna forma nosotros somos herederos de su tradición escultórica y académica. Baquedano es una obra de uno de los tres maestros de la escultura chilena en el siglo XIX. Tenemos una deuda con él”, añade Montes Rojas.

Tras dos horas de trabajo, una grúa logró extraer limpiamente al caballo con su jinete y llevarlo a los hangares del exaeropuerto de Cerrillos, hoy pertenecientes al Ministerio de Cultura. Ese espacio fue convertido en taller de reparación. “Los daños que tenía la escultura no solamente fueron por las intervenciones del público, sino también por las enormes capas de pintura que se le fueron aplicando para borrar las intervenciones”, explica Montes Rojas.

Probaron varios métodos de limpieza, pero solo la microesfera de vidrio les permitió descubrir lo que ocultaban los cientos de colores con que había sido intervenida. Apareció un corte profundo en el cuello del jinete. Pero también el escudo nacional en la montura, en el cinturón, los ornamentos de la chaqueta, entre otros delicados detalles hechos a mano. “Cuando uno hace la limpieza dice: oh, estamos viendo algo que nunca habíamos visto”, afirma Montes Becker. No limpiaron toda la pieza. Con el propósito de dejar un testimonio histórico de lo vivido durante el estallido, dejaron intactas cuatro áreas pequeñas y casi imperceptibles. Una entre las orejas del caballo y otra en la parte delantera de la montura.

Cuando limpiaron la peana, que fue retirada hace un año, se dejó ver una firma de 1928: Virginio Arias. Los escultores también reestructuraron la cola del caballo, las piernas del jinete y repusieron las piezas faltantes basándose en registros fotográficos. Moldearon y fusionaron la espuela, el broche, la dragona, entre otras. Lo tiñeron con químicos hasta dar con el color que les parecía adecuado y crearon un nuevo sistema de anclaje. Con emoción recuerdan cuando, finalmente, recolocaron a Baquedano en su peana. La restauración de la figura costó cerca de 68 millones de pesos (unos 78.000 dólares), financiada por la Delegación Presidencial.

Qué se hace ahora con la escultura de Baquedano es una de las preguntas que aún no tiene respuesta. En un principio, el Gobierno de Sebastián Piñera pretendía recolocarla en Plaza Italia antes de acabar su mandato en marzo, pero la idea no prosperó. “Yo ya estoy conforme con que está restaurada. En este momento está en un lugar en el que no va a sufrir daño”, afirma Montes Becker, que de todas formas plantea que pudiese quedar en un lugar público, como la explanada de la Comandancia en Jefe del Ejército, frente a la facultad de ingeniera de la Universidad de Chile.

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Montes Rojas aboga por debatir el tema con los especialistas, los políticos y la ciudadanía. “Una discusión sobre un símbolo tan importante amerita que hagamos todos los esfuerzos para encontrar una solución consensuada”. “Hay que quitarle dramatismo a que la ciudad cambie. La hemos cambiado mil veces”, sostiene. “Y también hemos borrado la mitad de la historia mil veces”, añade su padre.

Luis Montes, padre e hijo, en las instalaciones del taller Montes Becker.
Luis Montes, padre e hijo, en las instalaciones del taller Montes Becker.Cristian Soto Quiroz

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Cultura

Maoríes de ojos azules y palabras castellanas: la huella de la nave española que naufragó en la Polinesia antes de su descubrimiento oficial

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Todo comenzó en 1929 en el lejanísimo atolón Amanu (15.200 kilómetros en línea recta desde España), perteneciente al archipiélago Tuamotu, en lo que ahora es la Polinesia francesa. El capitán François Hervé tenía la misión de confeccionar un mapa de todos islotes, ínsulas y arrecifes que jalonaban aquella parte del Pacífico, ya que solo se conservaban algunas cartas náuticas del siglo XVIII. Así que tomó una goleta de motor y, acompañado por un jefe isleño, emprendió su viaje cartográfico. Polinesio y francés pasaron las horas charlando hasta que el aborigen le relató para su sorpresa que, “ocho generaciones atrás, un barco de blancos había naufragado y toda su tripulación había sido devorada”. En el extremo noroeste de la isla, entre los corales, aún eran visibles cuatro cañones de los infortunados marinos. Y allí se fueron ambos. Junto a las armas navales de hierro varadas del siglo XVI, distinguieron también una pila de piedras que no eran propias de Tuamotu. Hervé subió a bordo de su pequeña embarcación uno de los pesados cañones, además de algunas de aquellas piedras redondas. El francés se había topado con los vestigios de una de las travesías más apasionantes y misteriosas de la historia de la humanidad, la que reconstruye Luis Gorrochategui en el ensayo La carabela San Lesmes. El viaje más épico de la historia (Editorial crítica, 2022), que relata el hundimiento de la San Lesmes en Polinesia y cómo doscientos años después navegantes españoles, ingleses, franceses y holandeses descubrieron con asombro que numerosos habitantes de aquella zona presentaban un aspecto “típicamente europeo”. Algunos, incluso, eran rubios, pelirrojos y de ojos azules, a los perros les llamaban “peros”, y a las patatas, “patakas”. Era la fascinante huella que dejó aquel naufragio.

En julio de 1525, el barrio coruñés de Pescadería, junto al puerto, se preparaba para despedir a una flota compuesta por cuatro naos, dos carabelas y un patache. Su misión consistía en llegar a las lejanas y peligrosas Molucas y conseguir establecer el comercio de especias ―hasta ese momento en manos portuguesas― con España. Al frente de las naves, Carlos I dispuso a los mejores marinos de la Corona. La Santa María de la Victoria (360 toneladas) sería capitaneada por García Jofré de Loaísa; la Sancti Espiritus, por Juan Sebastián Elcano, el capitán que encabezó la primera vuelta al mundo tres años antes; la Anunciada, por Pedro de Vera; la San Gabriel, por Rodrigo de Acuña; la Santa María del Peral, por Manrique de Nájera, y la San Lesmes por Francisco de Hoces. El patache, el más pequeño de los intrépidos barcos, lo dirigiría el cuñado de Elcano, Santiago de Guevara. Todo estaba calculado hasta el más mínimo detalle, todo menos la fuerza de las traicioneras corrientes y tormentas, las que llevaron a los 60 marinos del San Lesmes a perder el rastro azul y blanco, en mitad del inmenso océano, de sus compañeros de aventura.

El barco encalló, finalmente, en la punta noroeste del atolón Amanu, y aunque los daños no fueron muy graves tuvieron que deshacerse del peso de los cañones (más de dos toneladas) y de las piedras del lastre a la espera de que subiera la marea. “A medio camino entre Chile y las islas Molucas, igual de lejos de Australia que de Perú, de Nueva Zelanda que de México; pocas veces, o ninguna, un barco se encontró tan solitario en el planeta: era el único en muchos miles de kilómetros a la redonda”, escribe Gorrochategui. ¿Y hacia dónde fue?

El parlamentario maorí Te Puke Te Ao (1834-1866).
El parlamentario maorí Te Puke Te Ao (1834-1866).Biblioteca Nacional de Nueva Zelanda

En 1968, el investigador australiano Robert Langdon escribió el artículo ¿Habitaron los europeos el Pacífico este en el siglo XVI?, donde lanzó por primera vez la hipótesis de que la tripulación de la San Lesmes sobreviviera. Y procrease… Se supone que atracaron en alguna de las miles de islas del Pacífico. Solo la arqueología y la genética podían desvelar cuáles. “Podríamos pensar que, aunque la tripulación del San Lesmes hubiese tenido descendencia, los genes traídos de Europa se habrían diluido en la gran piscina genética de la Polinesia. Sin embargo, no sería así debido a varios factores. Uno de ellos, la escasa población que tenían esas islas, y otro que se relaciona directamente con las leyes de Mendel. Si los nietos se reproducen entre sí, podemos encontrar bisnietos con rasgos europeos”, explica el escritor gallego.

En 1769, el marino inglés James Cook alcanzó Tahatí. Descubrió que los aborígenes presentaban marcadas y diferentes tonalidades de piel: la raza dominante “era alta y blanca”, tanto como los propios ingleses, y “algunas mujeres eran, de hecho, prácticamente como las europeas”, dejará escrito Cook. En 1772, una misión española encabezada por Domingo de Bonechea y Andonaegui llegó también al archipiélago Tuamotu, el mismo donde se pierde el rastro del San Lesmes. El padre Amich, uno de los integrantes de la expedición, apuntó en su cuaderno: “En dos ocasiones vinieron a bordo de la fragata dos naturales muy blancos, con el pelo rubio, las barbas y las cejas rubias y los ojos azules: el cacique de Tallarabu, donde estaba surta [atracada] la fragata, era muy blanco y muy roxo, sin embargo, de estar quemado del sol”. Solo hacía cinco años que Tahití había sido descubierta oficialmente por los europeos, por lo que estas personas no podían ser descendientes de los últimos en llegar.

Cuenco de granito negro o umete hallado en 1788 en el Pacífico.
Cuenco de granito negro o umete hallado en 1788 en el Pacífico.Museo Arqueológico Nacional

Gorrochategui desgrana en su ensayo las numerosas islas pacíficas por las que la genética europea se fue extendiendo a lo largo de generaciones y las huellas arqueológicas que también dejaron los españoles del siglo XVI, como un cuenco de granito negro hallado en 1788, venerado y escondido por los aborígenes, que fue enviado a Madrid y que expone en el Museo Arqueológico Nacional. Los polinesios desconocían el hierro para poder tallarlo. Sin herramientas metálicas, es literalmente imposible trabajarlo, como se ha demostrado en diversos estudios científicos. El arqueólogo australiano Bolton Corney escribió en 1912: “Uno se siente tentado a suponer que partes de la herrería o el latón de algún barco desconocido pudieron haber llegado en una fecha remota y haber sido adaptados como cinceles: es posible que los nativos hayan llegado a la posesión de cuchillos de acero o cinceles ya forjados”. En definitiva, su hipótesis señala que cuando los polinesios se quedaron sin las herramientas del San Lesmes ―terminarían rotas o melladas― dejaron de tallar este tipo de recipientes.

Nicolás Pakomio en 1950, a los 52 años.
Nicolás Pakomio en 1950, a los 52 años.Marcelo Bórmida

Gorrochategui también repasa otros hallazgos, como un casco español en Nueva Zelanda ―se supone que descubierta por los anglos―, lugares para almacenar cereales que se asemejan a los hórreos gallegos y asturianos, el sorprendente manejo de las matemáticas con el sistema decimal y varias palabras maoríes que se parecen a las castellanas. “Pero” significa perro, “kaipuke” se traduce por buque y “pataka” recuerda a la patata española o a la pataca gallega.

Dice Gorrochategui que queda mucho por estudiar del enigmático viaje, que el misterio sigue ahí y que cuando en 1972 se hizo una investigación genética de los habitantes de la isla de Pascua (Chile), a 3.400 kilómetros del atolón de Amanu, pero en el mismo océano, se hallaron dos alelos (A29 y B12) “que tienden a ser heredados juntos y que solo se han encontrado en europeos caucásicos”. Langdon viajó a la isla de Pascua en 1977 y conoció a un anciana que aún se acordaba de Pakomio Maorí, muerto entre 1908 y 1909, y lo describió como fuerte, pelirrojo y de ojos azules. Tuvo dos mujeres y 40 nietos, frecuentemente de clara apariencia europea. “Entre ellos, Nicolás Pakomio, uno de los pascuences en los que se encontraron genes de ascendencia europea y, más específicamente, vasca”. Y termina: “¿Sería posible que Ortuño de Alango, el piloto de Portugalete; el marinero Juan de Arratrán, de Bilbao; el grumete Sancho de Turcios o Juan de Bolívar, aunque era clérigo, todos muertos hace la friolera de cuatro siglos, formasen parte del árbol genealógico de Nicolás Pakomio? Quién lo sabe”.

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Cultura

‘Podcasts’ recomendados para septiembre: Dos expertas en nada, un loco por la antigua Roma y otra por la fotografía

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Fotografía de un paisaje artificial realizado por Joan Fontcuberta.
Fotografía de un paisaje artificial realizado por Joan Fontcuberta.

Obsesión por el antiguo imperio

Roma Aeterna es un podcast divulgativo que repasa de forma minuciosa lo que a menudo se cuenta a grandes rasgos, la historia del Imperio Romano. Iban Martín, colaborador de El descampaodel que hablamos el mes pasado—, arrancó a principios de la pandemia este espacio en el que repasa sus mitos, sus personajes más trascendentales y sus grandes hitos. Este aficionado a la historia se obsesionó con la de Roma al visitar la capital italiana en 2005. Este verano, ha completado un ciclo dedicado a sus dioses, como Vulcano, Apolo y Venus.

Expertas en nada

Este podcast de la actriz Elisa Zulueta y la cómica Paloma Salas se ha convertido en uno de los grandes éxitos de Podium Podcast Chile. Es un espacio que ellas mismas definen como “una charla sin PowerPoint. Un panel sin especialistas. Un debate sin moderador. Una conversación sin desenlace. Un consejo que no seguimos. Una fake news sin malas intenciones”. Más que investigación profunda sobre un tema, es un desvarío en una conversación de 30 minutos entre sus dos protagonistas, que aportan sus igualmente delirantes anécdotas personales.

Nostalgia rock

Alberto Marchena, exdirector de Los 40 Principales Colombia, habla en Rock a domicilio sobre diferentes anécdotas y grandes momentos del rock. Acaba de dedicar un episodio especial a uno que acaba de ocurrir, el concierto de Foo Fighters en el estadio de Wembley con estrellas invitadas, en homenaje al recién fallecido miembro del grupo, Taylor Hawkins. La edición de fin de semana del podcast incluye noticias y lanzamientos, pero el grueso de sus publicaciones se dedican a los flashbacks, como uno sobre el 20 aniversario del lanzamiento del disco A Rush of Blood to the Head, de Coldplay, de cuando la banda obtenía casi de forma unánime elogios por su música, u otro centrado la vida de Freddie Mercury.

Hablar sobre algo mudo

La Mamarazzi es Sandra Claret, fotógrafa formada en La escuela Blank Paper de la mano de Julián Barón, alumna de Ricardo Cases y Cristina García Rodero, entre otros, que abrió un blog sobre su profesión que ahora ha convertido también en un espacio sonoro. En él, da consejos a sus oyentes sobre cómo tomar imágenes en distintos formatos y para distintos medios, incluido Instagram, y repasa la trayectoria de grandes como Joan Fontcuberta o Paul Graham.

En inglés: la versión oral de un clásico del periodismo

Los extensos reportajes de la revista The New Yorker son cada vez más un objeto en extinción. La publicación estadounidense también publica textos de ficción y recurre a su extenso archivo de relatos cortos para seguir recreándose en el formato. En cada entrega mensual, un miembro de la redacción lee un texto antiguo de un excolaborador de la revista, como Raymond Carver, Saul Bellow, Italo Calvino y Joyce Carol Oates y luego charla sobre ello con la actual editora de ficción, Deborah Treisman.

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Diccionario de náufragos

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Isla Robinson Crusoe. 33º 39′ S, 78º 50′ O

Lo demostró un médico francés llamado Alain Bombard en 1952 gracias a un experimento que recibió su mismo nombre. Bombard trabajaba como médico en la región de Boulogne-sur-Mer, al norte de Francia. En aquel tiempo, el número de fallecidos por errores de navegación oscilaba en torno a unas doscientas mil personas al año, de manera que se dedicó a investigar cómo mejorar sus probabilidades de supervivencia hasta que dio con una lista de instrucciones para sobrevivir al naufragio. Instrucciones que pasaban por un conocimiento exhaustivo de los vientos, las corrientes y el clima, también por la capacidad de alimentarse valiéndose de los recursos del mar y evitar hacer uso de las reservas propias de comida y bebida. Pero la teoría es fácil. Lo milagroso de este caso es que Bombard logró ponerlas en práctica exponiéndose él mismo a un naufragio voluntario.

Su aventura fue bautizada como “experimento de Bombard” y, ante la incredulidad general, se lanzó a cruzar el Atlántico desde las islas Canarias en una zodiac de cuatro metros y medio de eslora, con un sextante, un reloj y una lona para cubrirse como único equipaje. A su modesta embarcación la llamó L’Heretique, el hereje. Alcanzó Bridgetown, la capital de Barbados, después de sesenta y cinco días de viaje, completamente exhausto y con veinticinco kilos de peso menos. Sufría una grave anemia, era casi incapaz de andar y padecía un trastorno grave de la visión. Pero lo logró, y gracias él y a su experimento, miles de vidas se han salvado desde entonces.

De manera que es cierto: se puede sobrevivir a un naufragio, pero hace falta una lista de instrucciones e intuyo que, especialmente, hace falta haber tomado la decisión de convertirse (y saberse) náufrago.

Si Bombard fue el náufrago voluntario, el náufrago por excelencia, aunque sea ficticio, no es otro que Robinson Crusoe. Yendo a la verdadera historia, la que inspiró a Daniel Defoe, Robinson no era Robinson, y hablando con propiedad ni siquiera fue víctima de un naufragio. Uno de los dos personajes en los que se basó Daniel Defoe para crear esta historia fue un marino y corsario escocés llamado Alexander Selkirk, que, en 1704, exigió a la tripulación de la que formaba parte, la del Cinque Ports, que lo dejaran en el archipiélago chileno de Juan Fernández, en una isla deshabitada llamada Más a Tierra, en el Pacífico, a más de 670 kilómetros de las costas de América del Sur. Prefirió quedarse solo antes que seguir la travesía en una embarcación que no estaba en buen estado. Pensó, imagino, que pronto aparecería otro barco a bordo del que seguir el viaje, pero no fue así. Selkirk sobrevivió solo, en estado semisalvaje, durante cuatro años y cuatro meses. Finalmente, en 1709, fue rescatado por un navío que llegó hasta el archipiélago para aprovisionarse, y se encontraron a un hombre desaliñado, vestido con pieles de cabra y con dificultades para comunicarse. A su regreso a la civilización, el testimonio de Alexander Selkirk pronto se extendió por toda Gran Bretaña. Se convirtió en una celebridad. Fue entonces cuando la historia llegó a oídos de Daniel Defoe, que decidió basarse en ella parcialmente para escribir su novela. Y digo parcialmente, porque cambió algunos detalles y no insignificantes: situó sus hazañas en una isla del Atlántico, isla desierta en la desembocadura del Orinoco, cerca de las costas de Trinidad y Venezuela, y el Robinson ficticio pasó la nada desdeñable cifra de veintiocho años en la isla.

Lo que terminó sucediendo fue que el mito de Robinson Crusoe devoró progresivamente a Alexander Selkirk hasta el punto de que, en 1966, la isla en la que el escocés malvivió durante cuatro años y medio, Más a Tierra, no lleva su nombre sino la del personaje creado por Defoe. En la actualidad, la Isla Robinson Crusoe forma parte del Archipiélago chileno Juan Fernández, junto a otras dos islas llamadas Santa Clara y Alejandro Selkirk (antigua Más a Fuera). De manera que, al final, le otorgaron al pobre Selkirk un premio de consolación en forma de isla, una isla en la que jamás puso un pie.

En la isla Robinson Crusoe, un 64% de flora es endémica. Y en ella, cómo no, abundan los homenajes a este náufrago de ficción y los helechos, por ejemplo, que son de enorme tamaño, son conocidos como paraguas de Robinson. Quizás, en la vecina isla de Alejandro Selkirk ocurra lo mismo, pero después de realizar la búsqueda en Google de “paraguas de Selkirk” llegué a lo que me temía: que no hay ningún resultado.

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Como decía al principio de estas líneas, se puede sobrevivir a un naufragio, pero ni Alain Bombard ni Daniel Defoe mencionan que la principal causa de muerte en un naufragio es la angustia, el estrés. Tampoco hacen referencia a otro detalle importante: que los verdaderos naufragios ocurren fuera del agua, pero para ellos me temo que no hay instrucciones que valgan.

Y además, tampoco sé ahora si el verbo adecuado es sobrevivir. Esa es solo una opción. No la preferida por los romanos que, según nos cuenta la latinista Florence Dupont en La invención de la literatura, consideraban que el verdadero valor en un naufragio residía en dejarse hundir lo más deprisa posible.

Tampoco la preferida por los poetas.

Me explico: cuando dudo, cosa que sucede con regularidad, consulto el oráculo de los poetas. Y las instrucciones de la poesía nunca son propiamente instrucciones, sino destellos, matices, lúcidos recordatorios que proceden de tiempos inmemoriales, como, por ejemplo, de los nunca escritos códices de Argónida, en los que se basa el poeta José Manuel Caballero Bonald para afirmar:

«Todos aquellos que han sobrevivido

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a tres naufragios, tienen asegurada

la inmortalidad»

O estos versos de Adrienne Rich dentro de un libro llamado Sumergirse en el naufragio:

«Por lo que vine:

el naufragio y no la historia del naufragio

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la cosa en sí y no el mito

el rostro ahogado mirando siempre fijamente

hacia el sol…»

Adrienne Rich se desmarca de la teoría de Bombard porque no habla de supervivencia, o no directamente, sino de reconocimiento, de mirar al naufragio de frente, y lo hace desde el mismo título utilizando el término sumergirse. Al final, quizás haya dado con el verbo adecuado gracias a Rich, que entendió la abismal diferencia que existe entre hundirse, sumergirse y sobrevivir. La vida pasa por atravesar, aunque no más dos veces, determinados naufragios, también fuera del agua. Especialmente fuera del agua.

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Cultura

En el taller de Francisco Gazitúa: “La escultura tiene que estar en la calle”

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En la cima de un cerro en Pirque, a los pies de la cordillera de los Andes, aparece un caballo. Inmóvil, tiene una de sus patas delanteras levantada. Mide 3,5 metros de alto. Es verde. A diferencia del caballo de Troya de Ulises, su esqueleto de hierro está abierto al aire para que, al igual que un instrumento de viento, suene en las alturas de la montaña. El escultor chileno Francisco Gazitúa (Santiago, 77 años) lo fabricó en su taller ubicado al final de un camino empinado que nace donde está erguido el animal. En esa cantera de granito, a 20 kilómetros de la capital, el ganador del Premio Nacional de Artes Plásticas 2021 de Chile no solo ha elaborado sus distintivos caballos, sino todas sus esculturas trabajadas en piedra, madera y acero. Desde su monumental Puente de Luz en Toronto hasta la cincuentena de obras que se encuentran en el espacio público de las principales ciudades del país sudamericano.

El olor que emana el hierro fundido en la fragua se cuela entre el aire puro que se respira en lo alto del valle del Maipo. Los golpes a punta de martillo con que Gazitúa moldea el material a rojo vivo interrumpen la paz que habita en ese recóndito lugar. Lleva medio siglo en eso. Trabajando 12 horas diarias frente “a seres que no hablan, pero que se transforman en palabra. Aunque esté escrita en toneladas de piedra”, apunta. Para que dialogue, aclara, tiene que haber un otro. “Por eso la escultura tiene que estar en la calle. Cuando uno hace esculturas para los museos o para ser famoso en circuitos y llegar a las bienales, que es un cuento horrible, entonces no estás con la gente”.

Francisco Gazitúa, escogiendo una pieza de fierro en su taller, en la comuna de Pirque, en Santiago (Chile).
Francisco Gazitúa, escogiendo una pieza de fierro en su taller, en la comuna de Pirque, en Santiago (Chile).sofia yanjari

Durante las revueltas de 2019, su Oda elemental al fierro, expuesta en el Parque de las Esculturas, en el centro de la capital, tuvo un diálogo frontal con los manifestantes. “Como es una aleta, a veces era una barricada contra la policía. Me la pintaron tantas veces que se acumuló un centímetro de capa. El punto es que estábamos ahí cuando más nos necesitaban. Espiritualizando un movimiento social”, afirma durante la entrevista que transcurre en una terraza toda de piedra construida por él, como las propias herramientas con que trabaja o gran parte de los muebles que decoran la casa en la que vive con su esposa, la artista Ángela Leible.

A finales de los setenta, cuando el filósofo y escultor estudiaba en la St. Martin’s School of Arts de Londres, el pintor Roberto Matta le aconsejó leer a la poeta Gabriela Mistral. Gazitúa ya había estudiado su obra, influenciado por su madre, una mistralista. Pero Matta lo impulsó a hacerlo desde el punto de vista geológico de los poemas de la Premio Nobel de Literatura. Fue entonces cuando se produjo un punto de inflexión en la vida y obra del artista. “Abandoné el mundo del arte, su lenguaje inentendible, la pugna por las vanguardias, la fiebre arribista, las relaciones públicas, el cambio de modas cada cinco años”, dijo Gazitúa en su discurso de 2017 cuando lo nombraron miembro de la Academia Chilena de Bellas Artes.

El escultor chileno y Premio Nacional de Artes en 2021, en su taller junto a algunas de sus obras.
El escultor chileno y Premio Nacional de Artes en 2021, en su taller junto a algunas de sus obras.sofia yanjari

En el clímax de la vanguardia inglesa, exponiendo en la Tate de Londres, dando clases en el Museo Británico, Gazitúa concluyó de la mano de Mistral que, si quería decir algo nuevo en el mundo de la escultura, tenía que alimentarse del fondo de sus raíces, en la “sagrada cordillera”. Con mil dólares de la época compró dos hectáreas en medio de una cantera de donde extrae las piedras para sus obras. “Regresé por este paisaje absolutamente desmedido, místico, impresionante. Esto está aquí y es gratis”, afirma apasionadamente desde su terraza-palco con vistas a la cordillera de los Andes, cubierta de blanco tras unas generosas tormentas de nieve que no se registraban desde hace 16 años.

“Nadie se atreve a vivir en la cordillera. Tú me preguntas: ¿es Chile un país andino? No, Chile se bajó de la cordillera”, sostiene al tiempo que crítica la desavenencia cultural entre el pueblo chileno y la montaña. El escultor achaca el desarraigo a la corriente racionalista, que “genera un progreso mecánico eterno, la desacralización absoluta de la materialidad”. Sobre por qué los países vecinos no han caído en eso, argumenta que ellos se han acercado al paisaje de una manera en que Chile solo lo han hecho sus poetas. Y cita las preguntas que se hacía el poeta de la generación literaria de los 50, Jorge Teillier: “¿Has olvidado que el bosque era tu hogar? ¿Por qué te olvidaste que el bosque era tu amigo? ¿Por qué no recuerdas nada?”.

Francisco Gazitúa sostiene su martillo.
Francisco Gazitúa sostiene su martillo.sofia yanjari

Su crítica se extiende a los artistas, que están en “un estado de miseria cultural”. “Es imposible que una persona que está mirando lo que está pasando en Europa, sin siquiera ser parte, espiritualice Chile”, asegura. “Yo soy como el niño símbolo de la guerra contra todos estos que viven hablando de dónde vienen llegando”, agrega el escultor, que ha ejercido la docencia por tres décadas en la Universidad de Chile. Por posturas como esta es que no esperaba recibir el principal galardón que entrega el Estado. “Me extrañó mucho que me dieran el premio nacional. Mucho, mucho, mucho. Dije ni a palos. Pero parece que fue tan fuerte la obra que finalmente fue ella la que habló”.

Gazitúa, tan enérgico como reflexivo, tiene en su carpeta una serie de proyectos. Unos a punto de inaugurarse, otros con las maquetas listas y no pocas ideas para realizar si consigue financiamiento. Pero hay uno que lleva 25 años intentando sacar adelante junto a su esposa y aún no lo consigue. Se trata del “príncipe congelado”. Así llama al niño de unos ocho años que fue ofrendado en honor al dios inca Inti (Sol) y enterrado vivo a 5.400 metros de altura hace más de 500 años en el Cerro el Plomo. El escultor quiere que regrese a dicho lugar, donde su cuerpo liofilizado naturalmente fue encontrado a mediados de los cincuenta del siglo pasado.

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“No puede seguir metido dentro de un refrigerador en el Museo Nacional de Historia Natural. Es un insulto a nuestra raza fundadora, a la sacralización de la cordillera. Yo digo: agarra a Jesucristo y mételo a un congelador en calidad de tesoro arqueológico a ver qué embarrada les queda”, plantea Gazitúa. “No me voy a morir mientras no tengamos al niño arriba. La cordillera, para mí y la Ángela, tiene más importancia cultural que el Museo de Bellas Artes con todos sus tesoros dentro. Lo más importante son las 24 hectáreas de glaciar blanco que Santiago tiene a la vista”, afirma entre los siete cerros que rodean su casa. Su taller. Su rincón sagrado.

Vista de la casa del escultor chileno, a las afueras de Santiago, Chile.
Vista de la casa del escultor chileno, a las afueras de Santiago, Chile.sofia yanjari
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El hilo

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El pasado día 4 tomé un vuelo, crucé un océano y una cordillera, y llegué de nuevo a Santiago de Chile. Los últimos días estuvo lloviendo y se limpió el aire, así que la nieve, que llega hasta bien debajo de las montañas, luce blanca y cegadora en los Andes. Me envuelvo en jerséis y bufandas de lana para soportar el invierno mientras mi madre me envía fotos desde un verano infernal. Veo lenguas de fuego que avanzan peligrosamente hacia ella.

Siete de mis alumnas hicieron el mismo recorrido que yo unos días más tarde y están aquí conmigo. A pesar de todos los años que nos separan estamos compartiendo una experiencia que viví cuando tenía su edad, aunque no es exactamente la misma porque yo me tiré de cabeza hacia lo desconocido y este lugar lleva meses preparándose para recibirlas. Las puertas del Taller 99 se abrieron para mí como por arte de magia y nunca volvieron a cerrarse. También lo hicieron las de la casa en la que vivió los últimos 32 años de su vida la pintora y grabadora española Roser Bru, y hace unos días nos sentamos en su cama, tomamos café en su cocina, pasamos el dedo por los lomos de los libros de su biblioteca y admiramos su obra mientras entraba por las ventanas la luz del invierno. El taller de Roser tiene ventanales también en el techo, y mesas amplias, fotografías enganchadas a los muros, textos manuscritos y pinceles secos. Miguel Hernández nos mira serio desde la pared, Virginia Woolf esconde la nariz detrás de un bastidor, Irène Némirovsky y Santa Teresa de Jesús nos observan desde la estantería. Su cuerpo ya no está, pero Roser nos acompaña con su presencia.

Llevamos varios días cortando planchas de aluminio y granulando piedras, espolvoreando pez de castilla, ahumando barnices blandos mientras sostenemos varas con fuego. Nos hemos frustrado con las primeras estampas, pero volvemos al taller cada día temprano dispuestas a seguir buscando. En un momento en el que el culto a lo individual se impone, trabajamos desde lo colectivo y aprendemos las unas de las otras, aprendemos de las vivas y también de las muertas. “Uno solo no es nada, ha de pensar en los demás”, decía Roser Bru. Le doy las gracias por eso. También al Taller 99, a la empresa chilena que ha asumido los gastos que todo esto requiere y a la fundación catalana que ha apoyado esta iniciativa en la que estudiantes de las dos patrias de Roser se encuentran y permiten que crezcamos cogidas de la mano con las uñas negras de tinta.

Una de nosotras decidió construir volúmenes para desconectar de un dibujo que no le agradaba y después de un buen rato apareció algo interesante. Se levantó a por agua y cuando volvió a la mesa quiso retocar una sombra, pero el material ya estaba seco y estropeó la imagen. Quiso destruirla de un manotazo y sin querer dibujó un cuchillo que partía en dos el trozo de pan que había dibujado, un cuchillo que era exactamente igual a los que pintaba Roser Bru. “¡Aquí faltan manotazos!”, gritaba Roser cuando veía que trabajábamos con demasiada delicadeza.

Delphine de Vigan, en Las gratitudes, habla de la muerte de una anciana a la que ella quería. El libro se publicó en España justo cuando Roser estaba a punto de irse, y lo leí con la angustia de sentir que también mi maestra se iba apagando, lo notaba en cada nota de voz que recibía. “¿Os habéis preguntado cuántas veces en la vida habéis dado realmente las gracias?”, escribía de Vigan. A lo largo de todos estos años, ¿había sido capaz de transmitirle mi amor?, pensaba yo. ¿Llegó a saber que su figura me inspiró para modelar la mía, que mi vida es más rica gracias a ella?

Escribo desde el taller de grabado que compartimos y en el que ahora 14 mujeres trabajan inspiradas por sus panes, sus granadas y sus sandías atravesadas por cuchillos. Escribo desde el lugar en el que, escuchándola, supe que yo misma empezaba a ser.

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Paolo Bortolameolli: “Ser músico es una decisión temeraria”

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Paolo Bortolameolli durante uno de los conciertos con la Filarmónica de Los Ángeles.
Paolo Bortolameolli durante uno de los conciertos con la Filarmónica de Los Ángeles.Marco Borrelli (LA PHIL)

Recuerda Paolo Bortolameolli (Viña del Mar, 1982) una visita que hizo hace varios años a un museo de Nueva York. En una de las salas, decenas de niños de seis o siete años estaban sentados en el suelo viendo pasmados un cuadro de Picasso, mientras escuchaban las explicaciones de su maestro de arte. Dice este talento en auge de la música clásica haberse emocionado por aquella “experiencia de contemplación activa”. Varios años después, sigue creyendo que algo de eso sucede cada vez que se para frente a una orquesta sinfónica a dar nueva vida a los maestros de la música.

“Después entendí que exponer a un niño al arte no se trata de un ejercicio vertical. Es al revés, lo que debemos hacer es fomentar un impulso natural. Cuando tenemos un niño que no habla en casa, lo que haces para comunicarte es nutrirlo de estímulos artísticos: lo haces cantar, bailar, que pinte con las manos. Es instintivo proveerlo de arte”, explicaba Bortolameolli, director asociado de la Filarmónica de Los Ángeles, una mañana de verano afuera de The Ford, un teatro al aire libre en la ciudad californiana. “¿Por qué cuando crecemos el arte deja de ser una experiencia lúdica y se convierte en una separación elitista?”, se preguntaba

El músico preparaba entonces un concierto con el compositor británico Devonté Haynes, quien goza de fama dentro de los circuitos indie gracias a su proyecto Blood Orange. Este era solo un evento dentro de la ajetreada agenda de Bortolameolli para el verano, donde dirigió por primera vez la Sinfónica de San Francisco con un programa de obras de Johann y Richard Strauss; ofreció conciertos en México con la Sinfónica Azteca, la orquesta de jóvenes de la que es director artístico y encabezó una noche en el imponente Hollywood Bowl. Ahora se encuentra en Francia, donde afina los detalles de Tosca que Gustavo Dudamel presentará en la Ópera de París. El chileno, mano derecha de la estrella venezolana, tomará en octubre y noviembre la batuta en el relevo de Dudamel en el clásico de Puccini.

“Hay un entendimiento innato entre nosotros”, confiesa Bortolameolli, quien ya codirigió en junio junto a Dudamel La flauta mágica de Mozart en el Liceo de Barcelona. “Gustavo se ha transformado de alguien quien confía y me da oportunidades en alguien que me trata como colega. Ha sido un desarrollo muy bonito”, cuenta el chileno, quien llegó a Estados Unidos hace algo más de una década para estudiar primero en la escuela de música de Yale y después en el Instituto Peabody de Baltimore, de donde han surgido talentos como el pianista André Watts y la violinista Kim Kashkashian. Deborah Borda, quien era la presidenta de la LA Phil, le propuso a Bortolameolli convertirse en uno de los beneficiarios de la Beca Dudamel, que ofrece desde 2009 una pasantía de dos meses junto al genio venezolano. Lo que era un programa temporal pasó a ser una invitación a formar parte de la familia como director asistente de la Filarmónica. Tras dos años, fue promovido a su cargo actual.

Para debutar en 2018 como conductor en el Hollywood Bowl, un coloso con capacidad para 16.000 personas, eligió la séptima sinfonía de Antonín Dvořák. “Es la mejor de sus sinfonías. La más difícil y la más desafiante, pero era también un gesto de juventud. Es atrevida y toma un riesgo más expresivo, con una arquitectura más compleja, llena de contrapuntos”, señala el director, quien tiene una vena didáctica para hablar de música. Muestra de ello son las cápsulas Ponle Pausa, que pueden verse en YouTube, donde el director explica algunos secretos de los grandes compositores.

En Rubato: procesos musicales y una playlist personal, un libro que Bortolameolli dedica a su hijo Andrea, se describe como un niño que ofrecía sus primeros conciertos de piano en la sala de su casa. Su bisabuelo materno fue un músico que abandonó Chillán, en el centro de Chile, para ir al conservatorio en Santiago, donde siguió estudios en piano y composición. A pesar de esta formación, el bisabuelo se dedicó a las leyes. Aún así, el músico creció con tíos que sacaban las guitarras en asados en los que corría vino tinto y se cantaba a Silvio Rodríguez.

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Bortolameolli, quien habla con el ritmo frenético del presto, dice que una de las tareas más importantes del director de orquesta es recordarle a sus colegas por qué quisieron ser músicos. “Es una decisión temeraria. Vengas de una familia de músicos o no, de una familia con dinero o no. Decir que uno se dedica a esto quiere decir que hubo un momento de necesidad incontenible por serlo. Esa energía es tan potente que siento que, aún apagada, puede recordarse. Es una misión que debe tener un líder”, afirma el director. Otro atributo crucial de un conductor de orquesta, dice, es el de ser un comunicador. “Un director debe transmitir una idea. Un compositor puede tener más conocimiento que un director, pero si no sabes comunicarlo a una orquesta quedaría solo en eso, conocimiento. Lo que necesitas es que la orquesta quiera seguirte, debes energizar la visión común”, añade.

Después de su turno de dirigir Tosca en la capital francesa, Bortolameolli se concentrará en su país natal, un lugar del que no pretende desconectarse mucho. Sigue a la distancia, pero con mucho interés, el proceso del plebiscito con el que Chile decidirá si adopta una nueva Constitución o sigue con la actual, de tiempos de la dictadura. En el espíritu de celebración de los nuevos tiempos que se viven en la nación sudamericana, el director montará en enero la octava sinfonía de Mahler, que nunca se ha puesto en escena en su país por el gran reto logístico que representa: dos coros con 300 personas, uno más con 80 niños, además de los 140 músicos de la orquesta. Todo esto para festejar los 30 años de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil. “Al final, nos craneamos (pensar intensamente) para hacerla con un formato muy bonito y festejar a todo el talento chileno. Vamos a invitar a músicos que han pertenecido a la orquesta durante los 30 años”, dice Bortolameolli, quien confiesa que el proyecto, junto a su amigo el compositor Miguel Farías, director ejecutivo de la orquesta, lo tiene completamente “obsesionado”.

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Más representación y planes de conservación descolonizados: el grito de los pueblos indígenas

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“De vez en cuando / camino al revés: / es mi modo de recordar / Si caminara sólo hacia delante, / te podría contar / cómo es el olvido”. La poesía de Humberto Ak’abal, uno de los escritores guatemaltecos más reconocidos, es siempre afilada. Este autor de la etnia maya k’iche escribió hace unos años unos versos que este martes, el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, retumban con más fuerza. “Caminar al revés”, como la puesta en valor de los orígenes, es la bandera de cientos de líderes en Latinoamérica y el Caribe que trabajan por tener la representatividad que merecen, lejos del racismo y la condescendencia. “Basta ya de hablar por nosotros”, reclama Chirley Pankará, activista pankará y candidata a la gobernación de São Paulo (Brasil).

Las comunidades indígenas protegen el 80% de la biodiversidad del mundo pero ocupan apenas el 10% de la tierra. Son los más afectados por el cambio climático y, sin embargo, apenas forman parte de los grupos de decisión para combatirlo. “Al contrario”, lamenta por teléfono Fiore Longo, directora de Survival International, “la conservación del medio ambiente está basada en un modelo eurocéntrico y colonialista en el que se entiende que los seres humanos destruyen los ecosistemas y que la única forma de proteger el entorno es expulsando a quienes lo habitan. Lo que no entiende este modelo es que si hoy tenemos lo que tenemos es porque lo custodian estos pueblos; porque han sabido hacerlo durante milenios”.

Desde los cazadores hadzas de Tanzania, hasta los awás de Brasil, los samis en Finlandia o los kazajos de Mongolia occidental, los más de 400 millones de indígenas en el mundo cuidan la mayor parte del planeta a pesar de que son muy pocas las políticas que les reconocen sus derechos y sus tierras. En Chile, uno de los países de Latinoamérica más conservadores en este ámbito, no existe ni un solo artículo en la Constitución vigente (1980) que los contemple como “sujetos de derechos”. Alihuen Antileo, presidente de la plataforma Política Mapuche en Chile, está intentando cambiarlo.

En el nuevo proyecto constitucional, que será sometido a votación el 4 de septiembre, se plantearon 55 artículos que contemplan los derechos de estos pueblos. Ellos representan el 13% de la población chilena, principalmente mapuches. “Si se aprueba, va a ser el principio de una gran lucha. Es como si, desde el punto de vista constitucional, empezáramos a existir. A partir de ahí, toca seguir escribiendo”, cuenta. Los artículos relacionados con estas comunidades pasan por reconocer el país como un estado “plurinacional”, aumentar la participación indígena y abrazar la educación, la medicina y la justicia ancestral. “También se expone la necesidad de que se realicen consultas vinculantes sobre temas que nos afectan a nosotros”, zanja.

Aunque Antileo se muestra optimista, sabe que será el primero de muchos ladrillos en la construcción de un país plural y justo. “Tenemos que estar en la toma de decisiones. Si no, ¿quién va a defender nuestros derechos?”. Esta misma pregunta se la hace Pankará, quien no esconde la rabia y el hastío del discurso racista de Brasil. “¿Dónde están tus plumas”; ¿Por qué tienes Iphone, si eres india?; ¡Vuelve a la selva!; ¿En São Paulo también hay indígenas? Tú no lo pareces”. Los ataques racistas son difíciles de borrar para la activista.

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En el siglo XXI no deberíamos de estar justificando por qué merecemos ciertos derechos. Deberíamos estar organizándonosChirley Pankará, activista Pankará

“Hemos pasado de ser colonizados a estar tutelados y a políticas antiindígenas con discursos de odio como el del presidente [Jair Bolsonaro]”, critica. “Necesitamos reaccionar ante todas las injusticias que vivimos, pero a veces es agotador. En el siglo XXI no deberíamos de estar justificando por qué merecemos ciertos derechos. Deberíamos estar organizándonos”, dice la doctoranda en Antropología Social.

El miedo es otra constante de estos pueblos. Los defensores de la tierra no solo se enfrentan al racismo y a la invisibilización en la vida pública, también son asesinados por proteger el territorio. Entre 2015 y 2019 se produjeron 232 homicidios de activistas indígenas en el continente, según un informe de la ONU. Una media de cuatro asesinatos al mes en la región.

Para Teresa Zapeta, lideresa guatemalteca y directora ejecutiva del Foro Internacional de Mujeres Indígenas, la violencia es una entre tantas tareas pendientes. “La situación de pobreza, la falta de acceso a la educación o a la salud… Se ha avanzado mucho pero seguimos sintiendo un rechazo y un vacío muy grande”, narra.

En el país centroamericano, según las cifras oficiales, la población indígena corresponde a más del 43%. Aunque Zapeta cree que son más de la mitad. Estos 24 pueblos, que hablan 22 idiomas diferentes, están muy lejos de ser el orgullo de la nación. Muy al contrario, siguen marginalizados y vistos como sociedades “poco avanzadas”. “Nuestro reto es superar la utilización y la mercantilización de la pobreza a la que se ha sumido a los pueblos indígenas”.

Una Latinoamérica que ilusiona

La llegada al poder de líderes de izquierda en varios países latinoamericanos —Chile, con Gabriel Boric, Colombia con Gustavo Petro y Francia Márquez y una posible victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil son la esperanza de muchos de estos ecologistas de pueblos originarios. Aunque se mantienen críticos y vigilantes.

“Estamos esperanzados pero la estructura está hecha para que la buena voluntad no sea suficiente”, añade Zapeta. “Si no se acompaña de una intención real de incluir nuestras voces desde lo colectivo, reformas profundas a la legislación y medidas que vayan al corazón de la economía, quedarán apenas en un puñado de buenas intenciones. Necesitamos mucho más que eso”.

Además de la necesidad de cambios profundos, los líderes coinciden en que las nuevas generaciones tienen un gran peso en sus manos. Con el éxodo rural y el fuerte impacto de la globalización, muchos temen que la pérdida de la identidad sea inminente. Pankará, sin embargo, es optimista: “Creo que se está levantando un discurso en redes de orgullo de lo propio que está calando muy hondo entre los más jóvenes. Nosotros estamos abriendo el camino. Y ellos son la esperanza”.

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